»~♥~ WN. Una cita sorprendente ~♥~«

El ejecutivo William Connelly regresó de su viaje de negocios cansado, contento de ver a su hija… y prometido. Y antes de que pudiera darse cuenta su “prometida” se presentó en su casa para casarse.

¿Qué clase de mujer le habrían encontrado en Internet su hija de seis años y su octogenaria abuela?

Aunque lo cierto era que Maite Simmons parecía encantadora. La futura novia solo necesitaba empezar de nuevo, fuera como fuera. El problema era que William no estaba dispuesto a casarse… hasta que cometió el error de besarla.

Autora: Kristi Gold

1 le gusta

Esta historia va sobre el hermano Connelly Drew, que aquí será William. Esta es la octava parte de la saga.

~:heart:~ Prólogo~:heart:~

—¿De verdad que va a venir, Nana Lilly?

Lilly estrechó contra su pecho con fuerza a su querida bisnieta mientras se sentaban frente al ordenador.

—Sí, Amanda. Va a venir.

Lilly Connelly era muy escéptica respecto a las novedades tecnológicas, y durante un tiempo consideró al poderoso Internet como un instrumento del demonio. Pero desde hacía algún tiempo se había dado cuenta de que navegar por la red tenía también sus ventajas, sobre todo desde que descubrió la última página Web de Chicago para buscar pareja, un lugar en el que se podían encontrar mujeres que buscaban compañía masculina. Algo parecido a una fiesta del instituto pero sin el catering.

Lilly había encontrado a una mujer joven que cumplía a la perfección todos los requisitos para convertirse en esposa de su nieto William y en una madre adecuada para su pequeña hija Amanda. A aquella candidata en particular le encantaban los niños, algo lógico teniendo en cuenta que era profesora, y además buscaba también una relación seria para casarse. Aquella joven estaba a años luz de la sucesión de mujeres que habían pasado por la vida de William durante los últimos cinco años, desde que había fallecido su esposa. Mujeres que solo estaban interesadas en su fortuna y en la posición social que venía implícita con el apellido Connelly.

Lilly pensaba que William no sabía lo que le convenía, pero por fortuna ella sí. Su nieto era un hombre muy considerado y un padre excelente. Se enfadaría muchísimo al enterarse de lo que había hecho, sin duda. Pero con un poco de suerte acabaría dándose cuenta de que la abuela siempre sabía qué era lo mejor para él.

Lilly apretó el botón de «enviar» al final del correo electrónico, poniendo así en marcha el plan que llevaba semanas planeando. Aquel era el momento en que debería sentir algo de remordimiento, pero no fue así. Los Connelly eran una familia de cabezotas, y William no era una excepción. Necesitaba un pequeño empujón, algo que Lilly estaba encantada de proporcionarle.

— Bájate, cariño —dijo dándole un beso a su bisnieta en la mejilla—. Tengo que irme. El abuelo Toby me está esperando en casa.

Amanda se deslizó del regazo de su bisabuela para que Lilly se levantara de la silla. Lilly se apoyó sobre su bastón y se incorporó sobre dos piernas poco dispuestas a cooperar. Sus articulaciones de ochenta y tres años chirriaron en señal de protesta. Llevaba demasiado tiempo sentada en la misma posición, y eso no le convenía.

Lilly contempló los dulces ojos verdes de Amanda, confiados y llenos de esperanza, y sintió por fin la culpabilidad cayendo sobre ella. ¿Habría hecho lo correcto? De todos modos, ya era demasiado tarde para echarse atrás.

Lilly deseó arrodillarse para ponerse a la altura de Amanda, pero si lo hacía, luego no sería capaz de volver a incorporarse. Se conformó con acariciar la cabeza de la niña, cubierta por una melena de pelo rubio y fino.

—Cariño, eres consciente de que tal vez las cosas no funcionen entre tu padre y Maite, ¿verdad?

— Funcionarán —aseguró elevando la barbilla con determinación—. Ella querrá a mi papá, y mi papá la querrá a ella también.

Lilly sintió que se le encogía el corazón. Amanda se parecía físicamente a su madre. Que Dios tuviera en su gloria la pobre alma perdida de Thalia; pero tenía la tenacidad de su padre. Y por suerte, había sido bendecida con el optimismo de Lilly.

— Ojalá salga todo bien entre tu papá y Maite, pero quiero que sepas que a veces los adultos no ven las cosas bajo el mismo prisma. Y también tenemos que mantener nuestro pequeño secreto durante algún tiempo.

Lilly esperaba que cuando Maite Simmons se enterara de la verdad, ya hubiera surgido entre ellos el amor.

— Maite dice que le gustan los cachorros —replicó ella, como si no quisiera ni considerar la posibilidad de que su plan no funcionara—. Tal vez convenza a papá para que me traiga uno.

— Poco a poco, cariño. Primero tiene que conocer a tu papá.

«Y convencerlo para que la deje quedarse», pensó para sus adentros.

Lilly rezó para que lo que hubiera hecho fuera lo correcto. Rezó para que William le diera una oportunidad a aquella joven. Y rezó para que Maite Simmons tuviera un corazón fuerte y la habilidad de sanar el de William, todavía herido. Siempre se podía esperar que las cosas salieran bien.

~:heart:~Capítulo 1~:heart:~

William Connelly dejó caer las maletas al pie de la escalera que llevaba al piso de arriba, y la más grande de ellas fue a parar directamente a su pie. Murmuró una serie de maldiciones dirigidas contra su propia estupidez, contra lo tarde que era, y contra el sonido de la áspera voz de la nueva niñera hablando desde el teléfono de la cocina con vaya usted a saber quién.

Si no hubiera estado tan desesperado, nunca habría dejado a Debbie a cargo de Amanda mientras él atendía asuntos urgentes de trabajo en Europa.

Cuánto había echado de menos a su hija. Un mes era demasiado tiempo para estar alejado de ella. Las llamadas diarias de teléfono habían sido solo pobres sustitutas de su sonrisa, y del sonido de su risa contagiosa. Amanda era la luz de su vida, y la razón por la que se levantaba cada mañana para enfrentarse a su ajustadísima agenda como Vicepresidente de Operaciones Internacionales de la Corporación Connelly, el legado de su familia.

Por desgracia, la responsabilidad lo estaba envejeciendo a marchas forzadas. Aquella noche no se sentía un hombre de veintisiete años, sino de doscientos.

William se disponía a subir las escaleras con la intención de ir a la habitación de Amanda, darle un beso de buenas noches, meterse en la ducha y acostarse. Pero se detuvo cuando escuchó una risita proveniente de su estudio. Era la risa de Amanda.

Él volvió a dejar caer las maletas, evitando esta vez los pies, y se encaminó por el pasillo en dirección a su despacho para encontrarse con Amanda subida de rodillas en su silla, con la cara iluminada por la diversión y por la luz de la pantalla del ordenador.

—Jovencita, se supone que deberías estar en la cama —dijo con toda la firmeza de la que fue capaz en aquel momento, que desde luego no era mucha.

— ¡Estás en casa! —gritó su hija bajando de la silla y lanzándose a su cuello como un tornado.

William la estrechó entre sus brazos, aspirando el aroma de su cabello y sintiendo la suavidad de su mejilla. Después de abrazarla y besarla varias veces, Amanda dio un paso atrás y lo estudió con sus ojos verdes brillantes de emoción.

— ¡Papá, cuánto te he echado de menos!

— Yo también a ti, cariño. ¿Pero no te tengo dicho que no puedes entrar en Internet a menos que estés con un adulto? Es peligroso, Manda.

— Ya lo sé, papá —dijo la niña jugueteando con su corbata—. Pero Nana Lilly estuvo conmigo antes, y Debbie se acaba de marchar. Hemos estado navegando.

— ¿Has visitado tu página Web favorita de animales? —se interesó algo más aliviado.

—He ayudado a Debbie a buscar un hombre en una página de solteros. La misma en la que hemos encargado tu sorpresa.

— ¿De qué estás hablando? —preguntó completamente desconcertado.

— La sorpresa que te dije por teléfono, papá —contestó su hija con la cara brillante—. Nana me ayudó a conseguirla. Estará aquí mañana por la mañana.

William sintió una sensación de inminente desastre. No podía salir nada bueno de una página Web de solteros. Ni siquiera estaba muy seguro de querer saber lo que había hecho su hija, pero tenía que averiguarlo.

— ¿Qué tipo de sorpresa me habéis preparado Nana y tú?

— No puedo decírtelo, porque entonces no sería una sorpresa —razonó la niña desviando la vista.

— Vamos, Mandy, dame solo una pista —insistió—. No le diré a Nana que me lo has contado.

Amanda levantó la barbilla con orgullo, y, radiante como un anuncio luminoso, anunció con satisfacción:

—¡Te hemos conseguido una esposa!.


—Cuelgue el teléfono, señorita Rancles. ¡Ahora!.

Debbie se dio la vuelta sobre la silla de la cocina en la que estaba sentada, con el teléfono inalámbrico entre la barbilla y el hombro mientras se pintaba las uñas.

— Luego te llamo, Henry —dijo antes de dejar el teléfono y bajar al instante las piernas, que tenía puestas encima de la mesa— Señor Connelly… no sabía que estaba usted en casa. ¿Ocurre algo?

—¿Y usted me lo pregunta? —aseguró dejando escapar algo parecido a una carcajada irónica—. Amanda me ha dicho que ha estado instruyéndose en su página Web de solteros. Al parecer, la ha estado ayudando a usted a encontrar un hombre.

Y al mismo tiempo, ayudando a su abuela a encontrar una mujer para él.

—Solo estaba revisando algunos perfiles y preguntándole su opinión.

— ¿Y cree que eso es apropiado para una niña?

— No creo que le haga ningún daño.

—Solo tiene seis años, maldita sea —gruñó entre dientes abandonando su expresión de calma.

— Nunca es demasiado pronto para aprender las buenas cualidades que debe tener un soltero —se defendió la niñera poniendo cara de inocente.

— Está usted despedida.

—¿Cómo? —preguntó ella abriendo mucho los ojos.

— Ya me ha oído. Recoja sus cosas y salga de aquí. Le enviaré su finiquito en un cheque a través de la agencia.

— Es más de medianoche, señor Connelly.

Él cayó en la cuenta de la hora, y no tuvo el coraje de ponerla de patitas en la calle a aquellas horas de la noche.

—De acuerdo. Pero quiero que se vaya a primera hora de la mañana. Le diré al chofer de mi empresa que la recoja y la lleve a donde usted le indique.

Y dicho aquello, William se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras, dejando a la niñera con la boca abierta. Una vez en el pasillo, se dirigió a la habitación de Amanda para asegurarse de que seguía en la cama, donde él la había dejado unos minutos atrás.

Al arroparla, William le había dicho a su hija que, pasara lo que pasara, no deberían contarle en ningún caso a aquella misteriosa Maite que detrás de su encuentro estaba el plan de su abuela, y que era ella quien había enviado los e-mail. William no quería herir los sentimientos de aquella mujer, aunque no supiera nada de ella. En lo que a él se refería, Maite Simmons era una víctima inocente de todo aquel lío.

Mandy le había asegurado que mantendría su pequeño secreto, y había prometido que no haría nada que pudiera herir los sentimientos de Maite. William se dio por satisfecho, aunque no estaba muy seguro de que su hija no acabara por irse de la lengua.

A través de la puerta entreabierta del dormitorio, William contempló a su hija dormida con el rostro angelical vuelto hacia él. Parecía una princesa de cuento, igual que su madre. Pero él no tenía fuerzas para ponerse a pensar en Thalia en aquel momento.

Una vez en su cuarto, se dejó caer sobre la cama, agarró el teléfono y marcó un número.

—Hola, abuelo. Soy William. ¿Está por ahí la abuela?

— Por el amor de Dios, hijo, ¿sabes qué hora es?

— Lo sé, pero esto no puede esperar. Necesito hablar con ella. ¿Está dormida?

— No. Está en la otra habitación viendo el programa nocturno. Espera que te la paso… ¡Lilly! ¡Es William!

William se apartó el auricular de la oreja, temiendo que los gritos de su abuelo lo dejaran sordo. Sería lo que le faltaba aquella noche.

— Hola, William —dijo con aquel tono meloso que utilizaba cuando estaba tramando algo—. ¿Has tenido un buen viaje?

— ¿Te has divertido jugando con mi ordenador?

— Oh, sí, querido…, esta Amanda es un genio de la informática…

— Corta el rollo, abuela.

— Perdona, ¿cómo dices?

—Sé lo que has hecho.

— Cálmate un poco, jovencito. Te he hecho un favor.

—¿Un favor? ¿De verdad crees que me interesa quedar con una mujer a la que ni siquiera he visto en mi vida? No tengo ningún interés en acudir a una cita a ciegas.

— No se trata de una cita, querido.

—Llámalo como quieras, pero no me apetece la idea de que una extraña aparezca en la puerta de mi casa con la intención de verme después de haberme pasado la mayor parte de la noche en pie.

— No irá a tu casa para verte.

—Deja de hablar en clave, Lilly.

—Irá a tu casa para mudarse a vivir allí.

— Estás de broma, ¿no? —preguntó empezando a pensar que estaba dentro de una pesadilla.

— No. Para tu información, te diré que has estado mandándole correos electrónicos durante el mes que has estado fuera. Y Amanda también. Se llama Maite Simmons… es un nombre bonito, ¿no crees?

—¡Maldita sea, Lilly, esto es una locura!

— ¡No maldigas, jovencito!

— ¿Qué es lo que sabes de ella? —preguntó maldiciendo por lo bajo ante el lío que se había encontrado al llegar a casa.

—Parece muy cordial, y…

—¿Qué parece muy cordial? ¡Por el amor de Dios! ¿Y si es una criminal? ¿Cómo puedes invitar a una extraña a mi casa?

— Deja de interrumpirme y te facilitaré todos los detalles que necesitas para darle un recibimiento adecuado —aseguró antes de detenerse a tomar aire—. He hecho que la investiguen, y se trata de una ciudadana modelo, tal y como parecía. Amanda me ayudó a escribir todos los correos electrónicos. Y por supuesto, la has pedido en matrimonio hace poco. Era lo único que podías hacer con una niña en casa y con tu reputación en juego. El trato es que estaréis comprometidos durante un mes, y después de eso, si todo sale bien, prepararéis la boda. Maite no debe saber nunca la verdad.

Aquello era absurdo. Era surrealista. Era típico de Lilly.

— Abuela, yo no sé en qué siglo crees que vives, pero los matrimonios concertados desaparecieron con las estufas de carbón.

— Es todo por tu bien, William. Y por el de Amanda. No puedo seguir cruzada de brazos viendo cómo tu hija se cría en medio de una sucesión de niñeras mientras tu viajas alrededor del mundo y sales con busconas que solo quieren meterte la mano en los pantalones, y de paso, en la cartera.

Nada de lo que Lilly había hecho hasta el momento le había chocado tanto como la visión tan mísera que tenía de él y de su vida social. ¿Acaso no se daba cuenta de lo mucho que detestaba tener que dejar a Amanda porque su trabajo lo obligaba a pasar mucho tiempo fuera del país? ¿Ni de cómo odiaba salir con mujeres, porque ninguna mujer alcanzaba ni por asomo su ideal, ni como esposa ni como madre de su hija? ¿Ni de cómo detestaba que su abuela intentara ponerle remedio a su situación buscándole una novia?

— No puedes hacerme esto, abuela.

—Ya te lo he hecho, mi queridísimo y solitario nieto. Y, ya que eres un caballero, ¿me prometes que recibirás a esta joven con los brazos abiertos y le darás una oportunidad?

— ¿Y si no lo hago?

—Te las tendrás que ver conmigo, y te aseguro que te puedo hacer pasar un infierno.

La línea se cortó en aquel instante, dejando el humor de William en su punto de ebullición.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Confiar en que aquella Maite no se presentara? ¿Que se retirara con una graciosa reverencia, soltando incluso una carcajada cuando se enterara de que aquello era un plan ideado por una matriarca casamentera? De una manera o de otra, tenía que dejarle muy claro que todo aquel asunto era un tremendo error.


Sentada en el coche frente a la impresionante fachada de la residencia de William Connelly, Maite Simmons comenzó a preguntarse si no habría cometido un tremendo error.

Cuando su amiga Tori le había propuesto poner su foto y sus datos en una página Web para solteros, ella había protestado. Pero a pesar de sus objeciones, y sin su consentimiento, Tori las había incluido en la página. Luego llegaron los correos de William Connelly, que en un principio Maite trató de ignorar. Pero había sido incapaz de no hacer caso a los que le había mandado su hija, Amanda.

William resultó ser un interlocutor interesante, y Maite fue dejándose envolver por sus palabras y las de su hija. Y sin embargo, ni en sus más locos pensamientos se hubiera podido imaginar que conocería a alguien a través de Internet, ni mucho menos que accedería a un compromiso con él. Pero aún no era demasiado tarde pan cambiar de opinión.

Maite le echó un vistazo a la copia del correo electrónico que tenía sobre el asiento del copiloto.

Querida Maite:
No puedo esperar a mañana para verte. Eres muy guapa, y pareces una mamá. Papá necesita una esposa. Si vienes te prometo que seré buena.
Con cariño,
Amanda.

¿Cómo podía resistirse a aquella llamada suplicante de una niña? De acuerdo, tal vez en algún rincón oculto de su corazón confiaba en que el padre de Amanda fuera el hombre de sus sueños. Parecía encantador en los correos, y tenía toda la pinta de ser alguien como ella, una persona sola en busca de una relación profunda. Y ella podía hablar mucho de soledad. Aunque apenas tenía veintisiete años, Maite estaba cansada de quedar con hombres que solo tenían malas intenciones o venían cargados de mentiras. Y ahora había aceptado irse a vivir con una persona de la que no sabía absolutamente nada más allá de lo que había escrito en su correspondencia electrónica.

Vivir con él «temporalmente», se corrigió a sí misma. Si no salía bien, podía marcharse, aunque probablemente no regresaría a su Wisconsin natal. Si no cometía ninguna estupidez, como enamorarse perdidamente de William Connelly sin ningún signo que indican que es correspondida, no tendría por qué haber problemas. Pero si él era parecido al hombre que escribía los emails, Maite tenía que reconocer que ya estaba un poco enamorada de él.

Tras optar por dejar en el maletero el resto de las maletas, se bajó del coche con su bolsa de mano y se dirigió hacia la entrada, con el miedo pisándole los talones. ¿De verdad quería hacer aquello? Lo cierto era que lo único que había hecho hasta el momento era acceder a vivir con William de prueba. Por no hablar de la pequeña labor de investigación que había llevado a cabo para averiguar si William Connelly era una persona decente. Para ello había contado con la inestimable ayuda del amigo policía de Lori, que le había asegurado que William no tenía antecedentes penales. No solo era una persona decente: era un hombre rico que había crecido en una de las familias más reputadas de Chicago. Y al parecer era también un hombre de éxito, a juzgar por el tamaño de su casa, un chalet construido en ladrillo rojo y rodeado de jardines bien cuidados, situado en un próspero vecindario.

Cuando llegó al porche, Maite apretó el timbre antes de que le diera por cambiar de opinión. Esperó durante un tiempo que se le hizo interminable a que alguien contestara a su llamada. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho y le habían comenzado a sudar las palmas de las manos.

Si al menos hubiera visto alguna foto de él… No se trataba de que su apariencia física fuera a inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro. Dios sabía que los hombres siempre la habían juzgado a ella por ese rasero demasiadas veces. Había aprendido a convivir con su altura, que sobrepasaba la de la media, su casi inexistente cintura, sus caderas excesivas y sus rotundos pechos, aunque muchas veces a lo largo de su vida había suspirado por un cuerpo diferente. Pero había dejado de desear algo que era imposible y había comenzado a sentirse cómoda con el pensamiento de que tal vez alguien la aceptara por cómo era y no por su aspecto físico. Tal vez ese <> podría ser William Connelly.

Maite estaba dispuesta a pasar por alto su apariencia, cualquiera que esta fuese. Después de todo, lo que importaba era el hombre que estaba detrás de la fachada.

La puerta se abrió en aquel momento mostrando al exterior a un hombre vestido con una camisa de franela, pantalones flojos color caqui, ligeramente calvo y no muy alto. Si aquel anciano tenía veintisiete años, ella tenía la talla treinta y ocho.
Al menos tenía una sonrisa cálida y acogedora.

—Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarla?

—¿Es esta la residencia Connelly? —preguntó ella con timidez.

—Sí, señorita. ¿La envía la agencia de niñeras?

—¿Agencia? No, se supone que tengo que encontrarme con William Connelly. ¿Es usted?

—Ya me gustaría, pero creo que soy algo mayor que él —respondió el hombre soltando una sonora carcajada mientras le estrechaba la mano—. Soy Tobías Connelly, el abuelo de William.

—Encantada. Soy Maite Simmons —saludó ella—. He quedado aquí con William.

— Muy bien, señorita Simmons —dijo el anciano haciendo un gesto con la mano—. Pase, por favor.

Era evidente que el abuelo no estaba al tanto del asunto del compromiso, y Maite pensó que sería mejor no hacerle partícipe de ello por el momento.

Lo que encontró en el vestíbulo cuando entró la dejó sin respiración. Una inmensa escalinata de mármol pulido llevaba hasta la segunda planta. A su derecha había un salón decorado con muebles exquisitos y lo que parecían ser auténticas piezas de museo. A su izquierda, una estantería repleta de libros y rodeada de confortables sofás de cuero. Delante de ella, un inmenso pasillo decorado con cerámica pintada a mano parecía extenderse hasta el infinito.

Aquel lugar era de una elegancia inigualable. Sería la casa de los sueños de cualquier persona.
Así que: ¿Qué diablos estaba haciendo allí ella, Maite Simmons la simple, de Oshkosh?

— ¡William, tienes compañía! —bramó ante una sorprendida Maite.

— ¡Enseguida voy! —respondió una voz masculina con evidente irritación.

— Se está tomando un café —explicó el mayor de los Connelly con una mueca—. Es mejor que no hable usted con él hasta que lo haya terminado. Por las mañanas se comporta como un oso.

—Ya veo.

Estupendo. Un hombre que no disfrutaba de las mañanas, el momento favorito del día para ella.

—¿Quiere que le enseñe la cocina?

— ¡No! —casi gritó ella.

No quería parecer asustada, pero creía que sería mejor idea permanecer cerca de la puerta en caso de que tuviera que salir a toda pastilla.

— Quiero decir, que prefiero esperarlo aquí —se explicó—. Gracias.

—De acuerdo. Vendrá en un minuto.

Tal vez un minuto no fuera tiempo suficiente para Maite, sobre todo si tenía que prepararse para enfrentarse a un oso.

— Tendría que haber adivinado que no la envía la agencia —.comentó mientras la miraba con aire inquisidor, como si quisiera adivinarle el pensamiento—. No es usted como la última que vino, una flaca que apenas tenía cerebro.

Era obvio que Maite no era ninguna flaca, y desde luego en circunstancias normales tenía bastante cerebro, aunque en aquel momento ella misma se estuviera cuestionando su propia inteligencia. Estaba claro que William Connelly se había quedado sin niñera. ¿Sería aquella la razón oculta por la que le había pedido que se mudara a su casa?

—Esta misma mañana ha tenido que despedirla—continuó—. Esa niñera no estaba haciendo bien su trabajo. Esa es otra de las razones por las que William está de tan mal humor.

Aquello le proporcionó a Maite cierto alivio. Al menos, aparentemente, no la había hecho ir para reemplazar a su niñera.

—Estoy seguro de que se pondrá más contento ahora que está usted aquí —aseguró con una mueca—. No hay nada como una chica bonita para iluminarle a un hombre las mañanas.

¿Una chica bonita?

—Gracias —susurró ella, cayendo en la cuenta de que probablemente solo estaba tratando de ser educado.

— Lamento perderme su compañía, pero tengo que marcharme —dijo el anciano mirándola con amabilidad tras consultar su reloj de pulsera—. Cuídese, señorita Simmons. Espero volver a verla pronto. Dígale a William que la invite otro día. A su abuela le encantaría conocerla.

Y dicho aquello salió por la puerta principal, dejando a Maite a solas mientras esperaba al misterioso William Connelly.

Con las rodillas temblorosas por los nervios, Maite se giró hacia una de las ventanas del vestíbulo y le echó un vistazo a los alrededores. Iluminado por el sol de mediados de agosto, se divisaba enfrente un pequeño parque con columpios y un tobogán, el lugar perfecto para que los niños jugaran bajo la vigilante mirada de sus padres. Maite deseó poder quitarse los zapatos y correr hacia allí, pero por muy tentadora que le pareciera la idea, ya no podía escaparse.

Se frotó las manos sudorosas, preguntándose cómo sería William Connelly. Tal vez se trataría de una versión más joven de su abuelo, amable y considerado, siempre y cuando tuviera su dosis de cafeína. Pero, ¿qué pensaría de ella? William le había dicho en sus emails que no le importaba el aspecto físico. Pero tras verla en persona, al completo después de la pequeña foto de carné que había enviado, tal vez cambiaría de opinión.

Maite escuchó entonces el sonido de unos pasos a su espalda, indicando que había llegado el momento de la verdad.

Echó los hombros hacia atrás, se dio la vuelta y contuvo un grito ante la visión del hombre que se acercaba a ella. Un hombre guapísimo que llevaba una bata azul marino bajo la que se entreveía una suave mata de pelo negro sobre un pecho bien formado. A la altura de la cadera llevaba unos pantalones de pijama de cintura baja sobre los que se adivinaba un vientre liso como una tabla. Aquel hombre se detuvo un instante antes de reanudar la marcha más despacio y pararse a un metro de ella.

Maite tuvo que levantar la cabeza para mirarlo, algo poco habitual en ella teniendo en cuenta su altura. William tenía los ojos color miel y la miraba con los párpados entornados. El cabello, castaño, estaba revuelto. El conjunto resultaba de lo más sexy, como si acabara de levantarse de la cama.

¿Acababa de levantarse de la cama? Cielos, ¿se había olvidado de su llegada? ¿Se había confundido ella con la hora? ¿Se trataba realmente de él?

—¿William?

— Tú debes ser Maite —respondió él con voz ronca tras recorrerla lentamente con la mirada de arriba abajo.

En aquel momento, ella no estaba muy segura de quién era, noqueada todavía por el atractivo de aquel hombre.

—Sí, soy Maite. ¿He llegado demasiado pronto?

— Son apenas las ocho de la mañana. Creo que esta hora puede calificarse como temprana, especialmente para un sábado.

— Es la hora a la que tú me dijiste que viniera.

— ¿Ah, sí? —murmuró él frunciendo el ceño.

—Sí, aquí lo tengo —contestó rebuscando en su bolsa de mano hasta dar con el último e-mail-. Dice: «Ven a las ocho de la mañana. Así podremos hablar antes de que Amanda se levante».

Volvió a guardar el papel en la bolsa, y al ver que él no respondía, añadió:

—¿Quieres que vuelva más tarde?

«¿O tal vez nunca?», pensó para sus adentros.

—¡Maite! ¡Has venido!

Maite se dio la vuelta y se encontró con una niña pequeña de cabello alborotado vestida con una bata de seda rosa, que bajaba las escaleras todo lo rápido que le permitían sus piececitos. Cuando llegó a la planta de abajo, siguió corriendo hasta abrazarse a las piernas de Maite, haciéndola tambalearse.

— Déjame adivinar —dijo poniéndose de rodillas y sonriendo—. Tú debes ser el ama de llaves.

—No, soy Amanda —respondió la niña entre risas—. Pero puedes llamarme Mandy como mi papá, si lo prefieres.

Al ver la sonrisa inocente de aquella preciosa niña, ella se quedó completamente enamorada.

—Me gustaría llamarte Mandy, si tu papá está de acuerdo.

Levantó la vista para observar a William, que las contemplaba desde las alturas y no parecía estar muy contento.

— Mandy, ¿por qué no te vas arriba un momento? Me gustaría hablar con Maite a solas.

—Yo también quiero hablar con ella —aseguró la niña haciendo un puchero.

— Luego, Amanda Elizabeth.

La pequeña bajó la cabeza e hizo amago de empezar a llorar, pero Maite la abrazó sin dudarlo.

—Te diré lo que vamos a hacer, cariño: ¿Por qué no subes, te vistes y buscas tus juguetes favoritos? Yo iré dentro de un momento para que me los enseñes.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—¿No vas a marcharte?

Maite sintió que se le encogía el corazón dentro del pecho. Era obvio que Amanda se había sentido abandonada en alguna ocasión anterior, tal vez en muchas. Quizá su padre era de los que metía mujeres en su casa y luego las expulsaba de su vida en cuanto Amanda comenzaba a tomarles cariño.

— No me marcharé ahora mismo —aseguró incorporándose.

Aquello era lo único que podía prometer por el momento, ya que la decisión tenía que tomarla William.

—Subiré en cuanto tu papá y yo hablemos.

— Vale —replicó con un gesto de desilusión.

La niña comenzó a subir las escaleras muy despacio, mirando atrás a cada paso para comprobar que Maite cumplía su promesa.

Cuando la pequeña hubo desaparecido de su vista, Maite se giró hacia William, que se había atado la bata, tapándose el pecho por completo. Pero aquel gesto no le había hecho parecer menos atractivo, ni menos inquieto.

Él miró un instante al techo antes de fijar la vista en ella.

—Escucha, Maite, tengo algo que decirte.

Al escuchar la gravedad de su tono de voz, ella no tuvo ninguna duda de lo que iba a decirle. Tras haberla mirado bien, seguro que había cambiado de opinión. Maite miró hacia la escalera y vio que estaba vacía. Aun así, no quería que Amanda escuchara cómo la rechazaba su padre.

—¿Podemos hablar en algún lugar más privado?

—Claro. Por aquí.

Maite siguió a William Connelly a través del inmenso pasillo, preparándose para el momento en que él le dijera que aquello había sido un lamentable error.

Siguelaaaaaaaaaa por favor!!!

1 le gusta

Gracias, ahora la sigo

~:heart:~Capítulo 2~:heart:~

William no se hubiera llevado una sorpresa mayor si Lilly hubiera aparecido montada en una Harley. No tenía muy claro qué esperaba de Maite Simmons, pero desde luego no era aquello.

Ella se sentó en el sofá del gabinete y él hizo lo propio en la silla que estaba enfrente. Evitando su mirada, Maite recorrió con los ojos la estancia, permitiendo que él hiciera lo propio con sus sandalias blancas y su vestido color coral sin mangas que le dejaba los brazos y los tobillos al descubierto. Tenía la piel del color del bronce, algo que contrastaba con el color castaño oscuro de su larga cabellera. Y era muy alta, mediría posiblemente un metro ochenta. Y no se parecía en absoluto a las mujeres con las que él solía salir.

Maite Simmons era un paso atrás en el tiempo, cuando las mujeres eran mujeres, con pechos potentes y curvas generosas que no dejaban dudas sobre su feminidad. Y sin embargo, ella parecía querer esconder sus atributos bajo ropas amplias, probablemente porque su aspecto no era el que estaba de moda, por culpa de la idea de que las mujeres tenían que estar demacradas para ser atractivas. Pero aun así, William podía imaginarse los detalles importantes de su anatomía. Podía imaginárselos de sobra, pero más le valía no seguir por aquel camino si no quería terminar sonrojándose.

Los grandes ojos castaños de Maite eran uno de sus muchos atributos, unos ojos que lo habían dejado paralizado cuando la vio por primera vez de pie en el vestíbulo. Unos ojos que lo habían intimidado, igual que ahora, cuando rebuscaba las palabras que tenía que decirle.

— ¿Te ha costado trabajo encontrar la casa?

Aquello era una tontería, pero no se le ocurrió decir otra cosa en aquel momento, sobre todo teniendo en cuenta que tenía la mirada clavada en los labios carnosos de Maite.

— No, en absoluto. Me diste muchas indicaciones —contestó ella con una sonrisa que dejó al descubierto una blanquísima dentadura—. Tu casa es preciosa. Y tu hija también.

Y también lo era Maite Simmons, de una manera natural y al mismo tiempo diferente, pensó William. Apenas llevaba maquillaje. No lo necesitaba. Tenía la piel dorada y fresca, y unas pestañas largas y rizadas que le llegaban a las mejillas cuando bajaba los ojos, tal y como estaba haciendo en aquel momento.

— Mandy es una niña maravillosa —aseguró él—. Creo que podría considerarse precoz.

— Inteligente, diría yo —replicó colocándose en el regazo un cojín del sofá mientras desviaba la vista—. Bueno, ¿qué querías decirme?

William sabía lo que tenía que decirle: que aquel plan absurdo había sido planeado por su abuela. Pero al contemplar a Maite en aquel momento, insegura y algo atemorizada, no tuvo el valor de soltarle la verdad de sopetón. Tendría que hacerlo poco a poco.

—Creo que deberíamos hablar de nuestro trato.

Ella se apartó el cojín del pecho y se sentó en la esquina del sofá con las manos en el regazo.

— Mira, te voy a poner las cosas fáciles —aseguró mirándolo de frente—. Me doy cuenta de que mi aspecto te ha sorprendido. Ya sé que en tus emails decías que el físico no te importaba, pero entiendo perfectamente que no me consideres aceptable.

—¿Qué quieres decir con eso?

— Bueno, un hombre atractivo y rico como tú puede tener a la mujer que quiera. Una mujer que sea… como decirlo…, más esbelta. Delgada.

— ¿De verdad piensas que soy tan superficial?—replicó molesto porque ella diera por sentadas cosas respecto a él.

—Lo cierto es que no sé qué pensar. No me esperaba a alguien como tú.

Aquello valía para los dos. Tampoco él contaba con que apareciera una mujer que le despertara de aquella manera la imaginación.

—¿Y qué esperabas?

— ¿Quieres que sea sincera?

— Creo que será lo mejor —aseguró aunque él no le había dicho todavía la verdad.

—Esperaba a alguien más…, vulgar.

— Lo mismo que yo.

Una pizca de color tiñó las mejillas de Maite, que volvió a agarrar el cojín.

— Al menos uno de nosotros no se equivocó.

¿Cómo podía decir aquello? ¿No se daba cuenta de que tenía una belleza natural que ningún hombre podría pasar por alto, a menos que estuviera muerto? Por no hablar de la forma en que había conectado al instante con Mandy. ¿Cuántas veces había deseado William que ocurriera aquello con alguna de las mujeres que le había presentado a su hija? Más de las que podía recordar, y nunca había pasado. Hasta ahora. Tal vez Lilly tenía razón. Tal vez había estado buscando en sitios equivocados. Pero buscar en Internet…

De todos modos, no tenía ninguna intención de caer en la trampa del matrimonio. Ya lo había probado una vez, y resultó ser una de las experiencias más devastadoras de toda su vida. Amanda era lo único bueno que había resultado de aquello.

Pero, ¿cómo explicarle a Maite Simmons que no estaba interesado en casarse sin que ella creyera que su aspecto tenía algo que ver con su decisión? ¿Cómo explicárselo a su hija, que había recibido a Maite con los brazos abiertos, sin romperle el corazón?

Maldita Lilly, que lo había metido en aquel compromiso sin tener en cuenta los sentimientos de Amanda. Ni los de Maite. Si le pedía que se marchara, pensaría que William era tan superficial como ella había dado por hecho. Por no mencionar el coro de reproches que le esperaba por parte de su abuela y de su hija. ¿Qué podía hacer?

Y entonces, se le ocurrió algo. Tal vez podría convencer sutilmente a Maite de que aquello no iba a funcionar. Tal vez podría darle la vuelta a la tortilla y conseguir que fuera ella la que decidiera marcharse. Aquel plan era mejor. De hecho, era un plan excelente.

Comenzaría con una mirada lasciva. Lo había visto hacer muchas veces en la oficina a los miembros masculinos del personal, cuando iban detrás de las secretarias. Si aquello no la asustaba, entonces era mucho más dura de lo que había supuesto.

—Bueno, bueno, Maite… creo que eres una mujer extraordinariamente atractiva…

Qué horror. Aquello había sonado totalmente a Dudley Watts, el libidinoso oficial de la Corporación Connelly. Por desgracia, ella encontró el cordón del cojín más interesante que sus intentos lascivos.

—Gracias.

— Y estoy deseando que nos conozcamos… mejor.

Al menos aquello había sonado más suave, menos del estilo de Dudley.

—¿Estás diciendo que sigamos adelante con el acuerdo? —preguntó ella sorprendida levantando la vista del cojín.

—A menos que tú tengas algún problema…

— No —contestó agachando de nuevo la cabeza—. Ya que me he metido en esto, creo que deberíamos intentarlo.

Su primer intento para desanimarla no había dado resultado. Tendría que esforzarse más para convencerla de que no tenía buenas intenciones.

— ¿Necesitas ayuda para traer tus cosas?

—Todo lo que tengo está en el coche.

—¿Has estado viviendo en el coche?

— Claro que no —contestó ella con una sonrisa—. Esta semana expiraba mi contrato de alquiler, y cuando me pediste que me mudara aquí, decidí no renovarlo. Supongo que podría decirse que esto no podría haber llegado en mejor momento.

William se sintió todavía peor. Si le decía que se marchara, la dejaría literalmente en la calle. Tenía que regresar al plan A, al de las aviesas intenciones.

— Espero que encuentres cómoda mi cama —dijo inclinándose hacia delante en lo que pretendía ser una postura insinuante, aunque tenía todos los músculos agarrotados.

— De verdad, William, no hace falta que me dejes tu dormitorio —contestó ella inclinándose a su vez, pero completamente relajada—. Ya te dije que la habitación de invitados es más que suficiente.

—¿Crees que debemos dormir en habitaciones separadas? —contestó él echándose de nuevo hacia atrás.

—Por supuesto, tal y como propusiste en tu correo electrónico. Estoy de acuerdo contigo en que no debemos ni considerar ese tipo de intimidad con Amanda en la casa.

Era obvio que Lilly lo había destinado a la santidad. Si le decía a Maite que había cambiado de opinión y que quería que compartieran la cama, le daría la impresión de ser un buitre de primera categoría. No quería llegar tan lejos… al menos por el momento.

—Solo quería comprobar que estamos de acuerdo en ese punto —aseguró él.

—Lo estamos —respondió ella—. Creo que necesitamos mucho tiempo antes de dar ese paso en nuestra relación.

— Cuéntame más cosas de ti —le pidió entonces esperando encontrar algo que lo ayudara a convencerla para mantenerse alejada de él.

—No se me ocurre nada que no te haya contado ya en mis emails.

William se dio cuenta de que ella tenía en ese aspecto una gran ventaja sobre él.

— Seguro que te viene algo a la cabeza. No puedes saberlo todo de una persona solo por unos cuantos correos electrónicos.

— Nos hemos escrito cincuenta.

¿Cincuenta? Su abuela necesitaba urgentemente encontrar otro hobby.

— ¿Tantos? —susurró.

—Sí. Los he contado. Y además, los guardo todos—aseguró con una sonrisa que le iluminó todo el rostro—. Mi favorito es aquel en el que me cuentas que tu libro preferido es Cumbres borrascosas.

— Seguro que te sorprendió.

A él desde luego sí, ya que nunca había leído aquel libro. Su abuela no tenía vergüenza.

— Para ser sincera —continuó ella—, creo que Heathcliff está demasiado atormentado.

— Él es… único —comentó sintiendo que en aquel momento ese personaje no sufría ni la mitad que él.

—Sí, y atormentado. Por eso me sorprende que también te gusten las comedias románticas.

William estuvo a punto de atragantarse, pero entonces se le ocurrió otra idea. Tal vez si lograba convencerla de que no había sido completamente sincero respecto a sus gustos, Maite decidiera marcharse de inmediato.

— La verdad es que solo estaba tratando de impresionarte. Lo cierto es que prefiero a Tom Clancy.

— ¿De verdad? Yo también —replicó ella agrandando la sonrisa—. Me encantan las películas de guerra.

La estrategia no estaba resultando muy efectiva.

— ¿Te he contado que me gusta ver los deportes?

—No. De eso no hemos hablado.

— Bueno, pues me apasiona. —Continuó encantado de encontrar por fin una salida—. Desde el viernes hasta el domingo, cuando estoy en casa, me trago todo lo que ponen en televisión. Pero mi favorita es la lucha libre.

Aquello debería ser suficiente. Pero no lo fue. Maite pareció muy complacida, emocionada incluso.

—No sabes la alegría que me das. Me encanta la lucha libre. Mi favorito es Mangler. ¿No te encanta el sombrero tan estrafalario que lleva? Y cuando se enfrenta a esa mujer… ¿Cómo se llama?

Él no tenía ni la más remota idea. Ni siquiera había visto nunca un combate de lucha libre.

— Ahora mismo no me acuerdo. Todavía estoy con el cambio de horario.

— ¿Cambio de horario? —preguntó frunciendo el ceño—. No sabía que habías estado fuera de la ciudad.

—En Europa. Todo el mes pasado.

— ¿Has mandado todos esos emails desde Europa?

— Sí… así es.

Las mentiras iban enredándose cada vez más. Si sabía lo que le convenía, lo que les convenía a todos, William debería detener aquello al instante. Le contaría a Maite la verdad. Dejaría de fijarse en aquellos ojos oscuros, en sus dedos jugueteando con el cojín, en aquellos labios semiabiertos por la sorpresa… le contaría toda la verdad.

— Qué bonito; William —soltó ella de pronto—. No tenía ni idea… Te habrá costado mucho dinero conectarte a Internet desde Europa. No deberías haberte tomado tantas molestias por mí.

Parecía que en vez de enviarle un email le hubiera enviado un cuadro de Monet. ¿Cómo iba a contarle ahora la verdad? No podía hacer eso.

Por otro lado, después de haber despedido con cajas destempladas a la niñera al amanecer, no tenía a nadie que se ocupara de su hija. Le llevaría casi un mes encontrar una sustituta decente. Estaba claro que a Maite se le daban bien los niños, y a Amanda le gustaba. Mientras tanto, William podía fingir que seguía adelante con el acuerdo y seguir buscando la manera de que ella se echara atrás. El plan parecía bastante simple, si no fuera por un pequeño problema, aquella mujer le atraía bastante, por no decir mucho. Aun así, intentaría que aquello no lo apartara de su objetivo.

— Vamos a instalarte —dijo poniéndose en pie.

Maite se levantó del sofá, acortó la distancia que los separaba y le dio un inesperado abrazo. Sus exuberantes pechos se aplastaron contra su torso. Ella olía a fresco y a limpio, y le gustó sentirla contra él. Le gustó demasiado. William la rodeó a su vez con los brazos haciendo verdaderos esfuerzos para no situar las manos por debajo de la cintura y apretarla contra sí, y besarla apasionadamente.

—Gracias, William —susurró con voz sedosa y ligeramente ronca.

William reaccionó de inmediato a aquel susurro, volviéndose de acero bajo el cinturón, y se preguntó cómo sonaría la voz de Maite cuando hicieran el amor.

¿Cuando hicieran el amor? William dio un paso atrás para apartarse a toda prisa de aquel tentador abrazo y de sus peligrosos pensamientos. No debería permitirse aquellas fantasías si quería poner fin a toda aquella pantomima. Tenía que ser fuerte, y mantener a raya las manos y la boca. Podría hacerlo sin problemas.

— Déjame que te enseñe tu cama… tu dormitorio, quiero decir.

Tras haberse instalado en la habitación de invitados del piso de abajo, una suite de color rosa surgida de los sueños de un diseñador, Maite se sentó con las piernas cruzadas en la habitación de Amanda. El cuarto de la niña estaba repleto de juguetes. Había tantos que se podría montar con ellos una tienda de regalos. Ella y Amanda estaban vistiendo a dos muñecas mientras William se duchaba y se vestía, algo en lo que Maite prefería no pensar.

Al menos no desde aquel abrazo. No después de la inesperada reacción de su cuerpo cuando sintió los brazos de William Connelly a su alrededor. Por primera vez en años, había experimentado verdadera química. Y no podía evitar pensar que él también la había sentido.

Que el cielo la ayudara. Un abrazo inocente y ya estaba pensando en cosas que no debería ni considerar, al menos hasta que ambos se conocieran mejor. Entonces, lo que tuviera que ocurrir, ocurriría. Pero Maite no podía dejar de pensar en él, en cómo besaría…

—¿Te gusta mi papá?

La súbita pregunta de Amanda la arrancó de sus pensamientos.

—En principio, sí, cariño, pero todavía no nos conocemos lo suficiente. Para eso estoy aquí.

— Y también para jugar conmigo —aseguró la niña asintiendo con la cabeza.

— Sí, cariño, y para jugar contigo —respondió apretándole la punta de la nariz.

Amanda sacó una segunda maleta llena de ropa de muñeca y esparció su contenido por el suelo.

— Mi mamá murió —dijo como dejando constancia de un hecho.

William le había contado a Maite en sus emails que era viudo, pero no había entrado en más detalles. Solo sabía que su mujer había muerto hacía años.

— ¿Te acuerdas de tu mamá, Mandy?

— No —contestó la niña encogiéndose de hombros—. Nana Lilly dice que me parezco a ella, pero yo no lo sé, porque no sé cómo era.

— ¿No has visto ninguna foto? —preguntó apartándole con dulzura el cabello de la frente.

— Papá no tiene ninguna foto de ella.

El pecho de Maite se encogió de tristeza. Estaba claro que la muerte de su mujer había sido tan dolorosa para William que no había querido conservar nada de ella. ¿Pero habría conseguido borrar también los recuerdos? ¿Seguiría sufriendo por la madre de Amanda? ¿Sería aquella la causa de su soledad?

Aunque así fuera, la niña tenía derecho a conocer aquella parte tan importante de su historia. Pero Maite se recordó a sí misma que no era asunto suyo hacérselo ver a William, al menos no por el momento.

—Tal vez deberías pedirle a papá que te enseñara una foto, Mandy.

—No importa —respondió la niña tendiéndole un vestido de novia de muñeca—. Ahora tú puedes ser mi mamá.

Maite exhaló un suspiro. ¿Dónde se había metido? ¿Qué ocurriría si las cosas con William no funcionaban? La figura femenina a la que Amanda consideraba su madre, y que tanto parecía necesitar, volvería a desaparecer una vez más.

Pero no tenía por qué ser así. A pesar de sus preocupaciones, Maite decidió ser optimista y esperar que las cosas funcionaran entre ella y William. Y si así ocurría, tal vez ella podría ser una madre para Amanda y una esposa para él.

— Este es William —dijo enseñándole un muñeco vestido de esmoquin.

Maite se dio cuenta de que Amanda era una niña de papá en todos los sentidos. Algo lógico, teniendo en cuenta que él era todo lo que ella tenía, y viceversa.

— ¿Y cómo la llamamos a ella? —preguntó poniéndole el vestido de novia a aquella muñeca de curvas imposibles.

— Maite. Se va a casar con mi papá —aseguró con la certeza de la que solo los niños son capaces.

— Tal vez Barbie y Ken están ya preparados para la luna de miel…

Maite se giró hacia la puerta al escuchar aquella voz masculina. William estaba apoyado en el quicio, vestido con un polo y unos pantalones blancos. Ya no tenía el pelo revuelto, sino bien peinado, y le brillaban los ojos miel con una chispa de diversión.

— No son Barbie y Ken, papá —contestó con infinita paciencia—. Son William y Maite.

Él entró en la habitación con las manos en los bolsillos. El aroma a madera de su colonia acarició a Maite cuando cruzó delante de ella para colocarse al lado de Amanda.

—Tengo que ir un rato a la oficina, así que dale a papá un beso, cariño —dijo señalando una mejilla perfectamente rasurada.

Maite tuvo que hacer un esfuerzo para no obedecer, aunque sabía que estaba hablando con la niña.

— ¿No puedes jugar con Maite y conmigo, papá? —preguntó frunciendo el ceño.

— Tal vez podamos jugar esta noche —respondió él dirigiendo sus ojos miel hacia Maite.

Ella sintió que el pulso se le aceleraba por el doble significado. William se la quedó mirando fijamente, como si aguardara una respuesta que ella se sentía incapaz de darle. La expresión sensual de su rostro y la promesa que encerraba su tono de voz la hicieron creer que la idea que William tenía de jugar no tenía nada qué ver con vestir muñecas, sino más bien con desvestirse el uno al otro, O tal vez ella se lo estaba imaginando todo…

— Vendré después de comer—dijo él finalmente rompiendo la mirada que estaban compartiendo y volviéndose hacia Amanda.

— Muy bien, papá. Pero no tardes —contestó su hija dándole un beso sonoro en la mejilla.

— Si no te importa darle la comida, hay unos sándwiches hechos en la nevera —dijo poniéndose de pie y mirando de nuevo a Maite—. Estás en tu casa.

—Gracias.

Aunque Maite Simmons, la simple, procedente de Wisconsin, dudaba que alguna vez pudiera sentirse en casa al lado del increíblemente atractivo William Connelly.

Aquella era la única vez que William no había tenido más remedio que ir a la oficina sin tener una verdadera razón para hacerlo. Soltó un suspiro de frustración y se inclinó hacia atrás en la silla de su despacho de la planta diecisiete de la Torre Connelly, sede de la empresa textil que había fundado su abuelo y que su padre había convertido en un prestigioso y multimillonario negocio. Dos horas antes, Maite Simmons le había dado un simple abrazo que le había puesto el cuerpo al rojo vivo. Una hora más tarde, aquella mujer parecía llevar toda la vida en la habitación de Amanda, jugando a las muñecas con su hija. Estaba tremendamente atractiva con las piernas cruzadas y la falda levantada, regalándole inadvertidamente la imagen de sus muslos morenos. Aquella era la razón por la que había salido de allí a toda pastilla, tratando de escapar de la idea de colocar sus manos en aquellos muslos…, y más arriba.

Por culpa de aquella imagen, William era incapaz de concentrarse en el reciente acuerdo que había conseguido en Europa y que incluía un lucrativo cargamento de piezas de encaje. Pero el único encaje en el que podía pensar en aquel momento era el que cubría la intimidad de las mujeres, en concreto la de Maite Simmons, su presunta prometida. Tenía que sacarse aquella imagen de la cabeza enseguida.

William seguía sin poder creer el modo en que ella había irrumpido en su vida aquella mañana, volviendo su mundo del revés, y transformando su libido en una bomba de relojería en cuestión de minutos. Y todo gracias al plan de su abuela.

No tenía ni la más remota idea de cómo iba a poner fin a aquella farsa, especialmente tras ver lo bien que había congeniado su hija con Maite. No podía culpar a Mandy, pero no tenía por qué seguir sus pasos. Si conseguía convencer a Maite de que lo suyo no podría salir bien, tal vez podría regresar a su vida, tal y como estaba antes de conocerla aquella mañana.

Una vida que incluía un puñado de mujeres superficiales que no le pedían nada más que algo de compañía y sexo vacío. Sin ataduras y sin despedidas lacrimógenas. Nada complicado. Nada que implicara ningún compromiso emocional. Nada, excepto la soledad.

Eso era lo que Lilly diría, pero William sabía que él no necesitaba nada más. No necesitaba una relación estable, ni ninguna mujer en su vida. Pero Amanda sí. Y se lo merecía. Y Maite Simmons se merecía un hombre que le ofreciera un compromiso. Y él no era aquel hombre, al menos por el momento.

Por esa misma razón, no podía tener una relación con ella. Tal vez algún día, cuando la vieja herida comenzara a cerrarse y a cicatrizar, William considerara la posibilidad de volver a asentarse. Tal vez cuando se le pasara el sentimiento de culpabilidad por la muerte de Thalia. Tal vez cuando sintiera que podría darse por entero a una mujer, si es que aquello llegaba alguna vez a ocurrirle.

Hasta entonces, seguiría a su ritmo, entregándole a Amanda su amor incondicional, exactamente igual que ella hacia, a pesar de los múltiples defectos de William. Dejaría que todo aquel asunto de Maite coleara durante un mes, y para entonces —si no sucedía antes—, ella se daría cuenta de que estaría mejor sin él.

Una voz sonó entonces por el pasillo, devolviéndolo de golpe a la situación que tenía entre manos. La voz de su padre, para ser exactos.

—Te lo digo de verdad, algo le pasa a Charlotte. Tom Reynolds me ha contado que está actuando de manera muy misteriosa, que viene a la oficina los fines de semana cuando todos estamos en el lago, que evita hablar con la gente…

William lo escuchó con atención. Estaba deseando saber lo que Reynolds había dicho sobre Charlotte Masters, la asistente de más confianza de su padre. El detective, con la ayuda de un compañero llamado Lucas Starwind, había sido contratado por la familia Connelly cuando su hermano Daniel, actual rey de Altaria, tierra natal de su madre, había sufrido un intento de asesinato. El marco de la investigación se había ampliado, colocando a todo el mundo bajo sospecha, incluido el clan Connelly. Para alivio de William, ningún miembro de su familia parecía estar implicado, pero las circunstancias que rodeaban el atentado contra Daniel seguían siendo un misterio.

¿Charlotte Masters sospechosa? William pensaba que no podía ser cierto. Pero entonces recordó algo. Días atrás, cuando William estaba en la puerta de la Torre Connelly con su hermano Rafe, este había intentado hablar con Charlotte, y ella había huido de él como de la peste. A él le había parecido muy extraño, porque Charlotte y su hermano siempre habían tenido una relación muy amigable, incluso de camaradería. Pero aquel día ella parecía muy distante, como si estuviera inquieta por algo.

—Grant, querido, piensa en ello…

William desvió la mirada hacia la puerta cuando reconoció aquella voz femenina. ¿Qué estaría haciendo su madre allí? Debía de tratarse de algo muy serio.

—Sabes perfectamente a lo que me refiero —continuó ella—. Tener un hijo puede llegar a ser muy estresante. Deberías saberlo a estas alturas, después de haber vivido conmigo siete embarazos. Estoy segura de que eso es lo que le pasa a Charlotte.

¿Charlotte Masters embarazada? William había hablado muchas veces con su padre últimamente y no recordaba que él le hubiera comentado nada al respecto. Pero lo cierto era que Grant andaba preocupado en los últimos tiempos por los problemas de Daniel, su hermano mayor. La noticia del embarazo de Charlotte había pillado a William completamente por sorpresa, porque no sabía que mantuviera ninguna relación sentimental con nadie. Pero cosas más extrañas se habían visto.

William esbozó una sonrisa mientras pensaba en su hermano gemelo, Brett, que esperaba el nacimiento de su bebé en un par de semanas. No podía imaginarse a su hermano, que había sido todo un play boy, cambiando pañales y calentando biberones. William no pudo contener tampoco una punzada de envidia sana al pensar en la buena suerte de Brett por haber encontrado el amor en la detective Elena Delgado, una mujer que sin duda sería una madre excelente.

Era curioso, él y Brett se habían intercambiado los papeles. William se había convertido en padre a los veintiún años porque había sido un atolondrado, mientras que Brett había dedicado su vida a mantener relaciones con más mujeres que cifras tenía la deuda nacional. Y ahora, Brett había sentado la cabeza con la mujer de sus sueños, mientras que William se había metido de lleno en el mundo de las citas, un arte en el que nunca llegaría a ser tan bueno como Brett.

La conversación que seguía desarrollándose al otro lado de su puerta volvió a reclamar su atención. Su madre estaba a punto de gritar, al menos todo lo a punto que podía estar la dulce Emma.

— No me importa que esté trabajando, Grant. Tenemos que hablar con William de esto ahora. Y tú vienes conmigo.

La puerta de su despacho se abrió para dar paso a la ex princesa Emma Rosemere de Altaria, vestida de Dior de los pies a la cabeza. Con la elegancia natural propia de su linaje real, que no había olvidado aunque Grant la hubiera llevado hasta América para convertirla en una Connelly, Emma entró en el despacho de William.

—Hola, hijo —lo saludó su madre, visiblemente nerviosa.

— Hola, madre —respondió poniéndose de pie—. ¿Qué te trae por la oficina un sábado?

— Tu padre y yo tenemos que hablar contigo —replicó acercándose al escritorio.

— Me parece muy bien, pero no veo a papá —aseguró asomándose por la puerta abierta.

—¿Dónde se ha metido ese hombre? —preguntó su madre, irritada.

—Estoy aquí mismo, Emma. No te pongas nerviosa —dijo deslizándose dentro del despacho.

Estaba claro que no se sentía nada cómodo. Se estiró el cuello de su polo verde de golf y luego se pasó la mano por los blancos cabellos.

— ¿Y a qué debo el honor de tener esta audiencia con mis padres? —preguntó con curiosidad.

—No me puedo creer que no nos lo hayas contado —contestó sin pizca de humor.

— ¿Contaros qué?

— Que estás prometido.

Las noticias volaban en el seno de la familia Connelly, tanto las buenas como las malas.

— ¿Cómo os habéis enterado? —preguntó como si no conociera de sobra la respuesta.

— Nos lo ha contado tu abuela.

Lilly, la mayor bocazas de la Costa Oeste.

—Ha sucedido todo muy deprisa —aseguró con total sinceridad.

— ¿Dónde la conociste, hijo? —preguntó su padre.

«Esta mañana en el vestíbulo>>.

Pero no, William no podía decir aquello. Cuanta menos gente conociera la verdad, mejor. No para proteger a Lilly, sino para proteger a Maite.

—En un club de solteros.

Aquello parecía lógico, y además era una versión modificada de la verdad.

— ¿Un club de solteros? —preguntó su madre exasperada, como si estuviera a punto de perder los modales—. ¿Es una chica adecuada?

—Bueno, mamá, lo cierto es que es una bailarina de striptease que recogí en un club de la Avenida de Michigan —respondió incapaz de contener el sarcasmo ante aquel interrogatorio—. Le di una buena propina y se vino a casa conmigo.

Emma palideció y se llevó una mano al pecho, colocándola por encima de su collar de perlas.

— ¡Oh… Dios mío…!

— Creo que está bromeando, Emma —intervino él—. Recuerda que Lilly nos contó que era profesora de Educación Infantil.

— ¿Ah, sí? —soltó aclarándose la garganta al instante—. Quiero decir que sí, que lo es. Y muy buena. Amanda la adora.

Y aquello era absolutamente cierto.

— Espero que esta vez sepas lo que haces, William—dijo Emma sentándose en la silla que había frente al escritorio.

En otras palabras su madre le estaba diciendo que no cometiera los mismos errores en los que cayó con su primera mujer.

—Sé lo que hago, madre. Ya no soy un chaval sumido en un mar de hormonas.

— ¿Cómo se llama esa mujer? —preguntó estirándose la falda.

— Maite Simmons —respondió satisfecho de conocer al menos aquel dato.

— ¿Vive en la ciudad?

Era obvio que Lilly había dejado algunos cabos sueltos cuando había destapado la caja de los truenos.

— Vive muy cerca de mí.

— ¿En tu mismo barrio?

— No solo en mi barrio —respondió sabiendo que era inútil intentar ocultar una verdad que sus padres acabarían sabiendo—. Vive conmigo.

—¡Oh, William! —se lamentó abriendo desmesuradamente los ojos—. ¡No debería ser así, con Amanda en casa!

—No temas, madre. Ella tiene su propio dormitorio. Decidimos vivir juntos porque creímos que era preferible que nos conociéramos mejor y así asegurarnos de que somos compatibles antes de dar el gran paso.

Su padre se acercó a Emma y le puso las manos sobre los hombros.

—Me parece una decisión muy inteligente, William. Confiamos en que harás lo mejor para ti y para tu hija.

—Gracias papá. Lo intentaré.

Lo que sus padres no sospechaban era que todo terminaría en cuestión de un mes, o incluso antes.

— Tenemos que conocerla enseguida.

— Tienes razón —aseguró su padre—. El fin de semana que viene sería el momento perfecto.

Estupendo. Lo que le faltaba a William era representar una obra de teatro con todos los miembros de su familia como espectadores. Tenía que pensar en algo a toda prisa.

— Había pensado llevar a Amanda y a Maite a la casa de Brett y mía en el lago este fin de semana. Él no la va a utilizar, porque Elena no debe viajar dado su avanzado estado de gestación, así que pensé que era un buen momento para enseñarle el lugar.

—Es perfecto —aseguró su madre—. Iremos todos, llamaré a toda la familia y pasaremos el fin de semana en el lago.

— Madre, la casa no es lo suficientemente grande para albergarnos a todos —aseguró molesto porque su madre tuviera que tener siempre una respuesta para todo.

— Cabemos de sobra para celebrar una cena informal. Y al terminar, podemos ir a pasar la noche en la cabaña. Allí ahí sitio suficiente —aseguró poniéndose en pie—. Tengo que empezar a llamar a los chicos. Me imagino que algunos no podrán venir hasta el sábado, así que ese día haremos una barbacoa. El viernes por la noche cenaremos solo vosotros dos, tu padre y yo, Lilly y Tobías…

A William comenzó a darle vueltas la cabeza, pero ni se le pasó por la imaginación inventarse una excusa para librarse de la velada. Su madre estaba en racha, y nadie podía detener a la princesa Emma cuando estaba en racha.

Solo tenía que convencer a Maite para romper el compromiso antes del fin de semana. Pero William tenía que estar en Canadá el lunes, y regresaba el jueves. Aquello le dejaba apenas margen para hacer cambiar a Maite de opinión respecto a su compromiso, respecto a él.
Tendría que trabajar más duro. Empezaría en cuanto llegara casa.

~:heart:~Capítulo 3~:heart:~

William se detuvo en el vestíbulo ante el sonido de una voz melancólica cantando un «blues». Era una voz femenina fantástica, capaz de conseguir que hasta el más estoico de los hombres se parara a escucharla.

La canción le resultaba familiar, pero William no recordaba dónde o cuándo la había escuchado. Era una melodía muy sensual que hablaba de las primeras veces. Los primeros encuentros, los primeros besos, la primera vez que se hacía el amor… aunque aquello último se explicaba a través de metáforas, William no tuvo ningún problema para interpretar el mensaje que se escondía tras el simbolismo. Si su corazonada era cierta, sabía quién estaba cantando, y no se trataba de su hija.

William no pudo hacer otra cosa que seguir escuchando, hechizado, hasta que se dio cuenta de que había un acompañamiento de piano. El piano de Thalia.

William se dirigió hacia la habitación que albergaba el piano de cola, una estancia que él mismo había cerrado intencionadamente para evitar los recuerdos.

A cada paso que daba sentía crecer su rabia, igual que la culpa, que seguía viviendo en lo más profundo del interior de William. Le había regalado el piano a Thalia cuando cumplió veinte años, y aquella misma noche había acabado con su sueño de convertirse en pianista profesional al dejarla embarazada. Luego llegó la depresión posparto de Thalia cuando nació Amanda, su incapacidad para aceptar las obligaciones de la maternidad y el final de su carrera, algo a lo que William no le había dado importancia.

Había estado demasiado enfrascado en sus estudios, demasiado implicado en tratar de estabilizar su posición dentro de la dinastía Connelly. Al final había terminado por reconocer que la familia y los amigos tenían razón respecto a los problemas de Thalia, pero ya había sido demasiado tarde.

Tal como sospechaba, encontró a Maite sentada al piano, el único objeto de Thalia que había conservado cuando construyó aquella casa tras su muerte. Un recordatorio de su fracaso.
Maite estaba de espaldas a la puerta. Sus largos dedos recorrían con movimientos precisos las teclas del piano. Amanda estaba sentada a su lado.

— ¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó tratando de mantener la calma.

Maite dejó de tocar y giró la cabeza para mirarlo. Amanda hizo lo mismo, con una sonrisa de felicidad dibujada en el rostro, un rostro muy parecido al de su madre.

— ¡Hola papá! —exclamó la niña—. Maite canta muy bien, ¿verdad?

— Yo prefiero algo más animado.

Lo que él preferiría sería salir de la habitación. Maite compuso una mueca, se giró de nuevo hacia el teclado y comenzó a tocar una alegre melodía country.

—También preferiría que Amanda no estuviera aquí —continuó tratando de mantener un tono moderado—. Este piano es una pieza muy valiosa, no un juguete. Pertenecía a mi esposa.

—Ha sido culpa mía —respondió girándose para mirarlo con expresión de culpabilidad—. Cuando le dije a Mandy que sabía tocar, me habló del piano, y le dije que me lo enseñara.

— Ella sabe que no debe estar aquí.

— Pero, papá, no he estropeado el piano de mami —se defendió la niña ladeando la cabeza con expresión contrita—. No hemos roto nada.

—Vete a tu habitación, Amanda —dijo por toda respuesta, incapaz de contener el cúmulo de emociones que lo embargaba—. Tengo que hablar con Maite.

— Haz lo que te dice tu papá, ¿vale? —intervino ella abrazando a la niña—. Yo iré enseguida.

— ¿Se lo pedirás? —replicó mirándola mientras se dejaba caer de la banqueta.

— Ya veremos.

Amanda pasó por delante de William sin mirarlo a la cara. Había sido demasiado duro con ella, y todo por su propio sentimiento de culpa, por su rabia. Le pediría perdón a su hija más tarde. Pero primero iba a hablar con Maite, dictar algunas normas.

— No sabía que el piano era de tu mujer —dijo ella incorporándose mientras se frotaba las manos—. De haberlo sabido, no hubiera entrado aquí sin preguntarte.

— A partir de ahora, espero que me consultes.

— Lo haré —aseguró suavizando la expresión de su rostro—. Imagino que tiene que ser difícil enfrentarse a los recuerdos de la mujer que amaste, cuando ella ya no está a tu lado.

William pensó que Maite no podía ni imaginarse lo difícil que era. Pero no quería su compasión, y tampoco estaba de humor para hablar de Thalia, que era a lo que parecía querer llevar aquella conversación.

—¿Qué quería Mandy que me pidieras? —preguntó para cambiar de tema.

— Dos cosas —contestó apartándose del piano pero sin mirarlo a la cara—. Ha llamado su amiga Sara para invitarla a su fiesta. Es en casa de los Anderson, dos calles más abajo, según me ha contado Amanda. Van a quedarse a dormir.

—Puede ir la fiesta, pero no puede pasar la noche allí.

—¿Por qué no? —preguntó mirándolo a los ojos.

—Yo viajo mucho, y cuando estoy en casa quiero tenerla conmigo.

—Será solo una noche, y ella lo está deseando. Me ha contado que va a ser su primera fiesta.

—No puedo dejarla.

— Supongo que esto no es asunto mío, pero…—comenzó a protestar visiblemente irritada.

— Tienes razón, no lo es —la interrumpió él con grosería.

— Pero por el bien de Amanda, voy a continuar —prosiguió antes de detenerse a tomar aire—. Sé que ha sido muy duro para ambos la muerte de su madre. Y sé que te cuesta aflojar un poco la cuerda, pero Amanda necesita pasar más tiempo con sus amigos, y no estar encerrada en esta casa, dejando correr las horas con sus juguetes como única compañía mientras tú estás fuera.

—Ya pasa tiempo con sus amigos en el colegio.

— No es lo mismo, William. Es importante que los niños socialicen también fuera de clase con sus compañeros.

—¿Acaso te crees una experta?

Aquello era un golpe bajo. Si continuaba por aquel camino, Maite saldría por la puerta antes de que acabara el día. Justo lo que él había planeado. Pero no quería que ella lo odiara, y si no se tranquilizaba, eso sería exactamente lo que ocurriría.

— Soy profesora, ¿recuerdas? —contestó ella con voz pausada, desconcertada por el tono que había utilizado William—. Te lo dije en mis emails.

Otra vez aquellos malditos emails.

— Esto tiene que ver con mi hija y con lo que yo considero que es mejor para ella.

— Ella te necesita, William, pero también necesita tener su independencia.

Sabía que tenía razón, pero él no podía soportar la idea de dejar a Amanda suelta en un mundo lleno de desilusiones, remordimientos, peligros…

—Pensaré en ello —dijo pensando que tras un minuto de reflexión le diría a su hija suavemente que no—. ¿Qué otra cosa quería que me pidieras?

— Quiere que le enseñe a tocar el piano.

— Ni hablar.

—¿Por qué?

—Porque es demasiado pequeña.

Y demasiado parecida a su madre.

— Al contrario, Amanda está en la edad perfecta—aseguró sin pestañear—. Esta tarde le he enseñado un par de notas y las ha aprendido a la primera. Tiene un don.

Exactamente igual que su madre, pensó William. Si consentía en que tomara aquellas lecciones, estaría involucrando aún más a Maite en la vida de su hija, y en la suya propia. Y si no lo hacía, privaría a Amanda de la oportunidad de desarrollar aquel don, tal y como había hecho con Thalia.

— Pensaré en ello también.

Y lo haría seriamente, pero no en aquel momento. No con Maite mirándolo a los ojos expectante con una mirada amable, sin juzgarlo ni repudiarlo a pesar de lo mal que la había tratado.

— Todo lo que te pido, lo que tu hija te pide, es la oportunidad de aprender —aseguró ella con una tímida sonrisa.

William se entretuvo un instante estudiando a Maite, una mujer especial cuya belleza irradiaba desde dentro hacia fuera. Una mujer que no se echaba atrás cuando se trataba de algo en lo que creía firmemente, y estaba claro que creía en Amanda.

No se parecía en absoluto a Thalia, y tal vez por eso la encontraba tan atractiva. Thalia había sido egocéntrica, sofisticada y joven. Y Maite era generosa, natural e inteligente.
William sintió deseos de estrecharla entre sus brazos, abrazarla y darle las gracias por preocuparse de las necesidades de su hija. Pero se contuvo.

Su reacción anterior, cuando había visto a Maite al piano, había servido para recordarle que traía una carga emocional a cuestas demasiado pesada para una mujer tan generosa como ella. Maite Simmons no merecía cargar con sus problemas, ni con su incapacidad para comprometerse. Y él no se merecía a alguien tan bueno como ella.

Con aquel pensamiento en mente, William se dio la vuelta. Tenía que marcharse antes de hacer algo inadmisible, como besarla, agradecido. No podría hacerlo sin que su precario equilibrio emocional se desmoronara.

— ¿A dónde vas? —preguntó con aquella voz suya tan particular, responsable de la oleada de calor que él estaba sintiendo en aquel momento.

—Voy a pedirle perdón a Amanda.

Y después de eso, William tenía planeado retirarse a su despacho para tratar de recuperar los emails que ella le había enviado, y sacar de ellos una lista de exigencias, de falsas exigencias que le presentaría a Maite y que la obligarían a pensarse dos veces la posibilidad de comprometerse seriamente con él. Tal vez de aquella manera saldría de su vida, ya que no podía sacársela de la cabeza.


—¿Qué, haces?

Maite levantó la vista del fuego y se encontró con la penetrante mirada de William. Bajó la potencia del fuego con la llave, pero la cocina seguía estando muy caliente por culpa de la presencia de él.

— Estoy haciendo algo de cena —contestó ella apoyándose en la encimera—. Pensé que estarías demasiado cansado para salir.

—Espero que no estés cocinando mucha cantidad —respondió frotándose la nuca mientras clavaba la vista en el suelo—. Amanda cenará en la fiesta.

Maite sintió que el corazón se le aligeraba de peso. Al parecer, padre e hija habían limado asperezas aquella tarde.

—Entonces, ¿la vas a dejar ir?

—Sí. Y me ha convencido para que la deje pasar la noche fuera. Tiene la virtud de conseguir de mí todo lo que quiera —contestó él exhalando un profundo suspiro.

— Se lo va a pasar de maravilla, William —contestó sin poder reprimir una sonrisa—. Y no te agobies tanto, es su primera fiesta, no su primera cita.

— Los niños crecen demasiado rápido —gruño él levantando la tapa de la cacerola que estaba al fuego—. ¿Qué estás preparando?

—Ensalada de patata. Una receta de mi abuela.

— ¿Ves mucho a tu familia? —se interesó él.

— La verdad es que no —contestó ella negando con la cabeza—. Mi padre murió hace algunos años, y mi madre y yo no hablamos mucho.

— ¿Problemas? —insistió él frunciendo el ceño.

— No, no es eso. Está muy ocupada cuidando de los dos hijos de mi hermana Carina.

— No puedo imaginarme lo que es no tener contacto con la familia.

No, seguro que no podía. Sobre todo, pensó Maite, teniendo en cuenta lo unido que estaba él a los suyos. Pero seguro que William no había tenido que enfrentarse a la crítica constante sobre hechos que no estaban bajo su control, como su propia anatomía. Aquel había sido el caso de ella. Su madre lo hacía con buena intención, y no se había mostrado excesivamente cruel, pero sus conversaciones siempre habían sido iguales:

«Maite, cielo, ¿estás vigilando tu peso? Maite, he encontrado una nueva dieta que tal vez te gustaría probar. Maite, ¿cómo esperas encontrar novio si no te cuidas?>>

En otras palabras: ¿Cómo iba a conseguir un hombre si no se dejaba morir de hambre?

Maite había intentado en el pasado seguir algunos regímenes, pero por una cuestión genética no estaba llamada a ser delgada, así que finalmente había aprendido a convivir con su cuerpo. Por desgracia, su madre no se había resignado.

— De todas maneras, la llamo de vez en cuando—aseguró removiendo las patatas con furia, como si intentara pagar con ellas su resentimiento.

—Puedes llamar cuando quieras desde aquí—aseguró él—. Mejor el domingo. Las tarifas son más bajas.

¿Tarifas más bajas? Ella pensó que aquel era un comentario extraño, teniendo en cuenta que él no era precisamente un indigente.

—De acuerdo. Gracias.

— ¿Y qué más estás preparando? —preguntó él echándole un vistazo a la sartén.

— Encontré un par de filetes en la nevera. Los estoy haciendo a la plancha.

— Yo lo quiero muy hecho.

— Yo también, así que ningún problema.

Algo más que tenían en común. Aquello estaba saliendo mejor de lo que ella esperaba, a excepción del incidente del piano. Maite entendía sus reticencias en aquel aspecto. En el futuro, andaría con pies de plomo en lo que se refería al espacio personal de William, al menos hasta que llegaran a conocerse un poco mejor.

—Me sorprende que hayas encontrado algo de comer —aseguró él reclinándose sobre la encimera—. Mi asistenta solo viene dos veces a la semana, y apenas tiene tiempo para limpiar, así que hace bastante que no voy a la compra. Y la niñera de Amanda optaba más por los congelados y las pizzas.

—Yo puedo ir a comprar algo mañana por la tarde. Me llevaré a Amanda.

—Me parece bien —contestó encogiéndose de hombros—. Seguro que se divierte.

— Esto me recuerda que tu abuelo me contó que te has quedado sin niñera.

—Así es. Me pondré en contacto con la agencia el lunes a primera hora de la mañana. Mientras tanto, mi abuela puede echarle un ojo a Mandy.

—¿Es realmente necesario, ya que estoy yo aquí?

— No lo sé. ¿Lo es? —preguntó él sonriendo primero tímidamente y luego con franqueza.

— No me importa cuidar de Amanda, al menos hasta que empiecen las clases. E incluso entonces, saldré de trabajar a tiempo para recogerla.

— ¿Trabajar?

— Sí, mi nuevo empleo en la escuela Montessori, que está a veinte minutos de aquí, ¿te acuerdas?

Él dudó unos instantes, como si estuviera eligiendo cuidadosamente las palabras.

— Prefiero que mi mujer no trabaje fuera de casa—aseguró entonces con firmeza.

— Pero eso no es lo que me dijiste por…

— ¿Por e—mail? Ya lo sé. He cambiado de opinión.

— ¿Así, por las buenas?

—Sí. ¿Algún problema?

Por supuesto que sí. Un problema muy grande.

—Me encanta mi trabajo, William.

Le gustaba mucho estar rodeada de niños, que no la juzgaban por su tamaño.

—No puedo quedarme en casa mano sobre mano.

—Créeme, tendrás muchas cosas que hacer.

—¿Por ejemplo?

—La colada —respondió él acercándose más—. Me gusta que los cuellos de mis camisas estén perfectamente planchados.

—¿No hay ninguna lavandería por aquí cerca?

—Sí, pero no me las planchan a mi gusto. En eso soy muy particular.

Estaba claro que no había oído hablar de la limpieza en seco. Pero William olía tan bien, y era tan guapo, que aunque solo fuera por eso valdría la pena planchar una docena de camisas, al menos hasta que encontrara una tintorería adecuada.

—No hay ningún problema. Me gusta planchar. Cuando consigo que queden bien los cuellos me siento como si hubiera logrado un objetivo importante —aseguró ella sin poder contener el sarcasmo.

—Y luego está la casa. Es muy grande. Hay mucho que limpiar.

— Creí que habías dicho que tenías asistenta.

—Sí. Por ahora sí —replicó tras detenerse unos instantes a considerar su respuesta—. Pero probablemente la despediré cuando nos casemos. Así nos ahorraremos algo de dinero.

Teniendo en cuenta el aspecto de la casa, Maite dio por hecho que William contaría con toda una fortuna. Era curioso, porque nunca hubiera imaginado que fuera un roñoso. Pero tal vez era gracias a su tacañería como había conseguido su más que obvia riqueza. Ella decidió que no era un mal trato. La habían educado para ser moderada con el dinero.

—¿Quieres que corte la hierba también? —bromeó ella.

— No, no creo que tengas tiempo. Aunque ahora que lo dices… —comentó pasándose la mano por la mandíbula—, tal vez no sea una mala idea. Lo pensaré.

¿Se trataba de una especie de broma? ¿Una prueba? Le era imposible averiguarlo a través del rostro sin expresión de William. Pero Maite sospechó que no estaba hablando en serio, así que decidió continuar jugando.

— Puedo manejar una máquina cortacéspedes. Solía hacerlo cuando estaba en el instituto, para ganar algún dinero.

Él se quedó pensativo, como si realmente estuviera considerando la posibilidad.

— La pradera no es muy grande, así que creo que podrías arreglártelas. Y tampoco debemos olvidarnos de mi vida social. Muchas fiestas. A los Connelly nos encanta dar fiestas.

—¿Algo más? —preguntó ella, como si todo aquello no fuera suficiente.

— Sí. Falta lo más importante —aseguró él acercándose tanto que Maite pudo distinguir cada pestaña que circundaba sus ojos miel.

—¿De qué se trata?

— Niños. Muchos niños. Mi madre tuvo ocho, así que creo que es un buen número para empezar.

¿Para empezar?

— No me mencionaste este tema.

— No te dije nada por e—mail porque no quería asustarte.

Pues eso era exactamente lo que estaba consiguiendo en aquel momento. Aun así, Maite se negó a sentirse intimidada tan fácilmente. Después de todo, el proceso de fabricar niños con William no era una perspectiva desagradable.

— Para eso tengo esto —aseguró colocándose las manos sobre las caderas—. Seguro que no tendré ningún problema para acomodar en ellas gran cantidad de niños.

—Entonces, quedamos en ocho —dijo con sonrisa victoriosa.

Maite empezaba a sospechar que se había llevado una impresión equivocada de William Connelly, pero creía firmemente en la capacidad de las personas para cambiar. Al menos no le había insinuado que debería ponerse a régimen. Eso habría provocado que saliera por la puerta en un tiempo record.

— A ver si lo he entendido —dijo ella—. Si decidimos casarnos, ¿tendré que hacer todas las tareas del hogar, recibir visitas, tener al menos ocho hijos y cortar el césped?

— De acuerdo —contestó él con una sonrisa condescendiente—. Lo del césped puedes dejarlo.

Ella se llevó una mano al pecho en gesto dramático, aliviada al comprobar que él estaba casi seguro bromeando.

— ¡No sabes cómo me alegro!. No creo que compusiera una estampa agradable, embarazada y empujando una máquina cortacéspedes.

— Me gustaría empezar cuanto antes —aseguró.

— ¿A cortar el césped?

— A dejarte embarazada.

— No te referirás a esta misma noche, ¿verdad?—preguntó con el corazón latiéndole a toda máquina dentro del pecho.

—No —replicó el con un gesto increíblemente seductor—. Me refiero a ahora mismo.

El silencio se hizo entre ellos mientras William le acariciaba la mejilla con sus dedos rugosos. Luego inclinó la cabeza y le recorrió el rostro con la mirada, concentrándose en los labios de Maite. Entonces comenzó a acercarse muy, muy despacio…

—¡Papá! ¡Maite!

Ambos dieron un paso atrás y se giraron al mismo tiempo hacia la puerta de la cocina en el momento justo en el que Amanda irrumpía en ella con una maletita de color púrpura en la mano.

Maite dio las gracias al cielo por la interrupción. De otro modo, tal vez se habría puesto a concebir en medio de la cocina, situación no muy aconsejable para ser presenciada por una testigo de seis años, por no mencionar que ella no estaba todavía preparada, por muy persuasivo que fuera William Connelly. Al menos no hasta que estuviera segura de que sentía algo por ella, que tenían un futuro juntos. Y que no estaba hablando en serio respecto a sus exigencias.

— ¿Estás preparada, niña mayor? —preguntó ella con una mueca—. ¿Has metido tu cepillo de dientes?

—Aquí está —aseguró golpeando suavemente la maleta—. Y el pijama, y dos camisetas, y unos vaqueros, y mi osito Buba.

—Por lo que veo, lo llevas todo —comentó William acariciando el cabello de su hija—. Vámonos o llegaremos tarde.

— La cena estará preparada cuando vuelvas —le dijo a William.

— Muy bien —respondió él mirando el reloj del horno—. Me gusta cenar a las seis y media en punto.

Ella estaba a punto de hacer el saludo militar, pero Amanda se arrojó en sus brazos para despedirse.

—Dame un beso de despedida, Maite.

— Pásatelo muy bien, ¿de acuerdo? —dijo ella tras besarla en la mejilla.

—Lo haré —aseguró la niña con los ojos brillantes de emoción—. Tú asegúrate de que papá no esté solo, ¿vale?

—Haré lo que pueda —aseguró tragando saliva.

William tomó a Amanda entre sus brazos poderosos y comenzó a repartirle besos sonoros por toda la cara hasta que la niña soltó una carcajada. Maite contemplaba la escena, pensando que había algo esencialmente bueno en un hombre que quería tanto a su hija, aunque se tratara de un hombre tan exigente.

— ¿Tienes suficientes besos por ahora, cielo?—preguntó bajando a la niña al suelo.

—Sí, pero tienes que guardar algunos para Maite, papá —aseguró su hija mirándolos alternativamente al uno y al otro.

Maite sintió que se le aceleraba el pulso cuando él le clavó sus ojos miel.

— Tienes razón, Mandy. Tengo que guardar algunos besos para Maite.

jajajajajjaj la abuela y la nieta son terribles jejejejejej

willian quedo flecad ocon maite y no lo admite xD

Siguele

1 le gusta

GrAcias por la nueva wn, ojala Will se decida porque sino se puede arrepentir. Continua con los caps. Saludos y bendiciones

1 le gusta

Siguelaáaaaaa por favor! !!!

1 le gusta