~:~ WN. Chantaje y placer ~:~

La había chantajeado para que volviera a su vida… pero tendría que seducirla para que volviera a su cama.

El multimillonario William Bridges jamás permitiría que nada pusiera en peligro lo que le pertenecía, ya fuera su imperio empresarial o su familia. Estaba dispuesto a todo para proteger a los suyos… incluso a chantajear a la única mujer a la que había amado.

Necesitaba desesperadamente la ayuda de Maite Wilks y para conseguirla no dudaría en utilizar los problemas que sabía que ella tenía. Pero cuanto más la presionaba, más sentía la pasión que siempre había habido entre ellos, hasta que llegó a un punto en que no sabía si lo que quería de Maite era negocios… o placer.

Autora: Robyn Grady

~::~Capítulo 1~::~

—¡Qué coincidencia! Justo la persona a la que tenía que ver.

Maite Wilks reconoció la voz profunda y engañosamente agradable que sonaba a su espalda, y el champán se le atragantó. Se le borró el despliegue de trajes de gala que había a su alrededor. Se olvidó de que era la noche más importante de su carrera y de que de su éxito dependía que pudiera ayudar a mucha gente. Mientras se volvía lentamente, sólo pensaba en una cosa: iba a enfrentarse con su pasado.

Era William Bridges, un magnate de la televisión australiana, el hombre que le había destrozado el corazón.

Maite trató de calmarse, lo miró a los ojos y alzó la barbilla.

—No creo en las coincidencias. ¿Qué haces aquí? —hizo una pausa para saludar a un senador que pasó a su lado—. ¿Y qué demonios quieres de mí? —le espetó.

Él arrugó su hermoso rostro fingiéndose ofendido.

—¿Después de cinco largos años? Tal vez sea demasiado esperar un beso a modo de saludo…

Ella lo interrumpió.

—Lo siento. No tengo tiempo para esto.

El encanto despreocupado de William no sólo era fascinante, también podía ser letal. Aquel encuentro provocado había llegado a su fin.

Al darse la vuelta para marcharse, a Maite se le enganchó el tacón en la alfombra. Se tambaleó, pero unos fuertes brazos la agarraron y e hicieron que recuperara el equilibrio. La boca sensual de William sonrió, pero no sus ojos azules.

—Yo en tu lugar, Maite, haría un hueco para hablar conmigo.

El senador Michaels, un hombre delgado y enérgico, se había dado la vuelta.

—Lamento la interrupción —el senador miró a William con recelo, se colocó las gafas que se le habían bajado y se dirigió a Maite—. Sólo quería decirle que el número de asistentes es fabuloso. La sala de baile tiene un aspecto espectacular. Lo que se recaude esta noche no sólo dará a conocer su causa en Sidney, sino que le proporcionará mucho apoyo… —se dio un golpecito en el bolsillo trasero—… del que cuenta.

Mientras el senador desaparecía entre la animada multitud, William miró a su alrededor.

—El senador tiene razón: un formidable número de asistentes para una buena causa —dio las gracias a un camarero mientras agarraba un vermú y se puso a dar vueltas a la aceituna—. Siempre has defendido las causas sociales.

Una vez recobrado el equilibrio, Maite se apartó de la cara un mechón de pelo rubio que se la había soltado del moño.

—Si te interesa mi intento de crear casas de acogida para mujeres maltratadas, habla con mi ayudante —le indicó a una morena de ojos brillantes que estaba sentada con un grupo de gente al lado de un piano—. April estará encantada de apuntar tu donación.

—Hay mucho tiempo para eso.

Su boca se cerró en torno a la aceituna, miró a Maite con los ojos entrecerrados, retiró lentamente el palillo y masticó despacio.

Ella sintió como si un reguero de chispas le subiera por las piernas. Temblando, se estiró el vestido negro con la mano húmeda y apartó la mirada. William convertía con una facilidad pasmosa un simple gesto en un acto sensual, deliberado, seguro y sexy. Y muy peligroso.

Sólo había una cosa que la aterrorizara más que volver a enamorarse de su ex amante: desafiarlo.

Tras la muerte de su padre, William había reclamado para sí el cargo de director de la cadena de televisión TCAU16. Y en poco tiempo, sus enemigos, tanto dentro como fuera de la cadena, se habían dado cuenta de que era un hombre al que había que tener en cuenta y a quien no se le podía negar nada.

Al cabo de casi una década de ganar todos los enfrentamientos de negocios que había instigado, se le conocía como el «rey de los medios de comunicación australianos», aunque ella dudaba que el título lo impresionara. William pensaba en términos de cosas tangibles, como, por ejemplo, crear y consolidar su poder en todos los aspectos de su vida.

Hubo una época en que lo admiró. Aquella noche, por más de un motivo, lo único que deseaba era escapar de allí.

Maite echó una ojeada a los deslumbrantes vestidos de noche y a los elegantes esmóquines que adornaban el salón de baile.

—De acuerdo —dijo con un suspiro de fatiga—. Por favor, ve al grano.

La fiesta para recoger fondos había sido organizada por la asociación filantrópica que subvencionaba el proyecto de Maite, por lo que ésta no podía perder ni un momento de su tiempo, ya que todos los contactos valiosos estaban allí reunidos.

—Quiero que evites una injusticia.

A ella se le contrajo el estómago. Su petición trataba de parecer noble y de halagarla a la vez. Aunque ella no fuera indemne a la atracción física que había entre ambos, si William creía que seguía siendo aquella ingenua de veintitrés años pendiente de sus palabras que había conocido, más le valía pensárselo dos veces.

—Crees que me conoces —dijo ella en voz baja y teñida de indignación—. Que si apelas a mi valentía haré lo que se te antoje.

Él se limitó a alzar una ceja y a beber un trago de vermú.

Ese mismo aire de tener derecho a todo era lo que la había cautivado muchos años antes. No había nada que la atrajera más que un hombre seguro de sí mismo, a no ser que fuera un hombre seguro de sí mismo, de constitución atlética y que hiciera el amor con un refinamiento que le cortara la respiración. El nudo que se le había formado en el estómago se cerró aún más. Bajó la vista. Le hacía daño incluso mirarlo, así que recordar…

La voz de él se alzó por encima del murmullo de la conversación y del sonido del piano.

—Mi hermano tuvo que presentarse ayer en el juzgado.

Ella negó lentamente con la cabeza mientras se percataba de por dónde iba el asunto.

—Debí haberme imaginado que tu familia estaba detrás de esto. No, retiro lo que he dicho. Libby es un encanto. Blade es el que toma decisiones equivocadas, y siempre estás ahí para rescatarlo.

William entrecerró los ojos y le lanzó una mirada de advertencia, con un mensaje claro: que no hablara de eso.

—Se le acusa de agresión.

La noticia le supuso un golpe casi físico, pero ocultó su reacción dejando la copa en la bandeja de un camarero que pasaba a su lado.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Sobornar al juez?

Un mechón de pelo negro cayó sobre la frente de él al levantar la cabeza para seguir escuchándola con aparente interés. Maite sintió pánico.

—Es broma, William.

—Por la multitud que hay aquí esta noche, veo que tienes muy buenos contactos. Soy muy capaz de sobornar por algo tan importante.

Ella sabía que no bromeaba. Exasperada, echó a andar abriéndose paso entre la gente y se dirigió al balcón. Necesitaba tomar el aire, pero, sobre todo, terminar aquella conversación. Las chispas sexuales ya eran suficientemente peligrosas. No quería que, además, personas importantes del gobierno, la judicatura o las empresas oyeran hablar de sobornos.

Abrió la puerta del balcón y lanzó una maldición en voz baja. ¿Por qué, de entre todas las noches, aquélla? Pero sabía por qué. William había elegido aquel momento y aquel lugar para pillarla por sorpresa, para que le resultara más fácil dominarla.

Fuera, el calor húmedo del verano era insoportable, pero ella siguió adelante hasta la barandilla de piedra en la que se enrollaban las buganvillas de color rojo sangre. Como sabía que el instrumento de su perdición se hallaría justo detrás de ella, se dio la vuelta.

—Creo, francamente, que te humillarías hasta donde fuera preciso para proteger a tu familia, sin tener en cuenta de qué puedan ser culpables.

William se plantó delante de ella y se metió la mano en el bolsillo trasero.

—No me avergüenza reconocerlo —dijo con total sinceridad.

Maite se dijo que no debía mirar su ancho pecho, que tenía un aspecto magnífico con la camisa almidonada que se le veía bajo la chaqueta, ni oler su aroma masculino a madera de sándalo que parecía más intenso al estar solos. En lugar de eso pensó en que los padres de William habían muerto nueve años antes, dejándole encargado de un adolescente rebelde y una niña triste. Entendía la necesidad de proteger a sus hermanos y, en el plano emocional, admiraba su dedicación. Pero no necesitaba recurrir a su título de Psicología para darse cuenta de que William se negaba a aceptar la verdad: al sacar siempre de apuros a Blade, no sólo justificaba su conducta sino que, en cierto sentido, la fomentaba. A veces, el amor exigente era el mejor.

Maite se apoyó en una de las columnas del balcón.

—Hace tiempo que el jurado ha tomado su decisión. No pensamos lo mismo sobre Blade. Pero no quiero discutir ahora —tenía que volver con sus invitados.

A William, por supuesto, no le importaba el proyecto al que ella se había dedicado en cuerpo y alma en los últimos años. Para William Bridges, sus prioridades estaban por encima de las de los demás. Las cualidades que lo habían llevado hasta donde estaba eran la dedicación y el orgullo, además de la arrogancia.

Él dejó la copa en una repisa de la pared.

—En cuanto quede clara una cosa te dejaré que vuelvas para tranquilizar tu conciencia.

A Maite, la sangre se le heló en las venas. Frunció el ceño y lo miró a los ojos.

—¿Qué significa eso?

En los ojos de él brilló una chispa de emoción, tal vez de cinismo, no, desde luego, de preocupación.

—No nos desviemos del tema. Hablábamos de la situación de mi hermano.

Puso una mano en la columna y se inclinó hacia delante para acorralarla. Al dirigir la mirada a su boca, ella sintió un cosquilleo en los senos y una oleada de calor que le ascendía por el cuello. Él se acercó más. Cuando ella cambió de postura para apoyar la espalda desnuda aún con más fuerza en la piedra, el brillo de los ojos masculinos le indicó que él lo había advertido y que lo aprobaba.

—Voy a hacerte una pregunta —dijo él con su boca casi rozando la de ella—. Me respondes que sí y cada uno se va por su lado.

Mientras en ella se mezclaban la inquietud y el deseo, percibió un movimiento detrás de William. April, su ayudante apareció en la puerta del balcón buscándola. Maite suspiró aliviada. Estaba salvada… de momento.

William, al darse cuenta de que tenían compañía, se apartó de mala gana. Al ver a Maite, April se acercó y saludó con un asentimiento de cabeza a William.

—La señora de Walters te busca —dijo a su jefa—. Es mejor que no la hagas esperar. Creo que tiene una cita para cenar, por lo que debe marcharse enseguida.

Maite sintió que le temblaban las piernas. La señora de Walters era la persona con la que había prometido hablar aquella noche. Fingió su mejor sonrisa.

—Ahora mismo voy.

Cuando April se marchó, William se cruzó de brazos.

—Maeve de Walters —gruño—. No creía que te relacionaras con esa sargenta.

Entre los Bridges y los de Walters había una historia de antagonismo y resentimiento. Maite sólo sabía al respecto que había afectado a Blade y a la mujer que había amado, Kristin de Walters. Pero eso nada tenía que ver con ella.

—La señora de Walters ha mostrado interés en apoyar con una elevada suma mi proyecto —aunque la decana de la alta sociedad de Sidney fuera pretenciosa y altanera, Maite no iba a dejar que eso interfiriera en conseguir que su proyecto de casas de acogida saliera adelante—. No pienso dejar pasar esta oportunidad.

William bajó los brazos.

—Eso es asunto tuyo. El mío es ayudar a Blade. El juez ha pedido un examen psicológico. El lunes a primera hora, nuestro abogado te mandará una carta solicitando tus servicios.

Maite sintió que le faltaba el aire y se vio atrapada. ¡Por Dios! Tenía que haberlo visto venir.

—Vamos a dejar clara una cosa. ¿Pretendes sobornarme con una donación a cambio de que el examen psicológico de tu hermano sea positivo?

—Exactamente.

Ella apretó los puños mientras un grito pugnaba por salirle de la garganta, pero se impusieron los buenos modales y el buen juicio.

—¿Cuándo vas a entender que el mundo no es tuyo, que no puedes dominarlo? No haré un informe falso. Si tu hermano es inocente, no tiene nada que temer. Pero si ha cometido un delito, debe reconocerlo y, tal vez, sufrir las consecuencias.

Los ojos azules de William la miraron con una emoción demasiado fría para que se la pudiera calificar de diversión.

—¿Así que crees en las consecuencias?

¡Qué pregunta!

—Si alguien no reconoce que tiene un problema, continuará cometiendo los mismos errores —Blade era un ejemplo clarísimo. Seguía siendo un exaltado en parte porque se lo habían permitido.

William no movió un músculo. Su presencia dominante se amplificó y ocupó hasta el último centímetro del espacio iluminado.

—Eso significa que no quieres ayudarme.

A pesar de todo, Maite sintió compasión por él. William quería a su hermano con locura. No quería imaginar de lo que sería capaz con tal de proteger a Blade, o a Libby. Pero ella ni quería ni podía verse implicada, pues así lo exigían muchas más cosas que la ética profesional. Lo intentó por última vez.

—No me gusta ver a nadie metido en un lío, pero, con veintiocho años, ya es hora de que Blade se haga responsable de sus actos —el mes anterior, ella había cumplido esa edad, y Dios sabía que había tenido que resolver varios problemas, algunos de ellos derivados de su relación con William. Pero había sobrevivido. Blade también lo haría—. No puedo actuar en contra de mi ética por nadie ni por ningún motivo —tomó aire y se dispuso a marcharse—. Perdona, pero tengo que irme —ya había hecho esperar demasiado a Maeve de Walters. Tenía que volver de inmediato.

—El Colegio de Psicólogos cree que lo has hecho —dijo él en voz baja.

El corazón de Maite dejó de latir. ¿Sabía William que se había presentado una queja contra ella en el Colegio? Parpadeó varias veces hasta recuperar el habla.

—Si te refieres a esa acusación ridícula…

—Los cargos por mala conducta profesional no son ridículos.

A Maite se le erizó el vello ante su tono condescendiente. La situación era tan absurda que no debería molestarse en discutir con él. Era indudable que William conocía sus principios mejor que nadie.

—No puedo entrar en detalles —comenzó a decir ella—, pero en los pacientes con problemas graves a veces se produce transferencia durante la terapia.

—Transferencia… cuando el paciente dirige los sentimientos que experimenta por una persona importante para él hacia el terapeuta. Se suele manifestar en forma de atracción erótica.

Un destello oscuro en la mirad masculina le indicó a Maite que debía ir con cuidado.

—¿Has estado estudiando a Freud?

—Cuando sales con una psicóloga durante un año, algo de la jerga psicológica se te acaba pegando.

Habían sido los doce meses más felices y tortuosos de la vida de ella. Después de la ruptura se había sentido vacía y sin motivación durante mucho tiempo. Sin embargo, no lamentaba el tiempo que había pasado con William. Ningún hombre podía comparársele. Pero eso no implicaba que quisiera volver a recorrer ese camino agridulce por segunda vez, ni reavivar antiguos fuegos.

Retomó la conversación.

—La triste realidad es que hay un porcentaje de pacientes que creen que el terapeuta les corresponde y que se sienten traicionados cuando se dan cuenta de que no es así.

—No hace falta que hables en general. Conozco al hombre, y está convencido de que su acusación es cierta.

Maite sintió una sequedad tal en la boca que casi le impidió hablar.

—¿Lo… lo conoces?

—Jack Hennessy se presentó en la cadena y pidió hablar con el director. Dijo que tenía una buena historia y que la vendería al mejor postor, ya fuera a mi cadena o a las de la competencia. Cuando mi subordinado me dijo que había mencionado tu nombre, hablé con Hennessy en persona.

—¿Qué le dijiste?

—Le compré los derechos de la historia por cierta cantidad. El abogado de la empresa me ha confirmado que podemos presentar una versión por la que no se nos podría demandar judicialmente. Tengo la exclusiva para hacer con ella lo que me plazca.

—¿Para emitirla? —preguntó ella con les nervios agarrados al estómago.

Los índices de audiencia no podían ser el objetivo. A pesar de las anteojeras que se había puesto durante su relación con ella, William nunca le había hecho daño. De hecho, hacía lo imposible por proteger a quien quería. Claro que su amor por ella había muerto hacía tiempo.

William se pasó la mano por la frente.

—Mi objetivo inicial fue dar al tipo una cantidad importante de dinero y enterrar el asunto.

Maite sintió que se le quitaba un peso de encima. Se sintió tan aliviada que casi se desmayó… de no ser por una de las palabras que William había dicho.

—¿Tu objetivo inicial?

—Ahora me parece que me merezco algo a cambio.

A Maite se le encendieron todas las alarmas. Observó la expresión granítica del rostro masculino. Así que ése era el juego. Ya lo había sospechado cuando William mencionó la acusación presentada contra ella en el Colegio de Psicólogos. En aquel momento se daba cuenta con total claridad de que su comentario anterior había sido fundamental para llegar al punto en que se hallaban.

—Quiero proponerte un intercambio —continuó él—. Si aceptas el encargo y mi hermano sale libre como se merece, la historia seguirá enterrada —alzó la mano—. Y antes de que me salgas con que hay que tener fe en el sistema legal, tendríamos que hablar de las estadísticas que se refieren a las personas inocentes que comparten celda con criminales que matan para conseguir calderilla para desayunar, que languidecen en la cárcel, acusados injustamente, porque los jueces, abogados y testigos ponen en marcha una maquinaria que arruina la vida de la gente. Esta acusación inventada podría traducirse en una condena a doce meses de cárcel para Blade. Que la justicia prevalece es un precioso ideal, pero no me voy a arriesgar con alguien de mi propia sangre. Pretendo detener esta farsa antes de que se descontrole aún más.

A Maite se le encogió el corazón ante la lealtad y la sólida convicción de sus palabras, a pesar de que otra parte de ella, con pretensiones de superioridad moral, le decía que no había nada que justificase lo que William le pedía. Apretó las mandíbulas y negó con la cabeza.

—Digas lo que digas, se trata de un soborno: dame lo que quiero o atente a las consecuencias.

Los ojos azules de William brillaron a la luz de la luna.

—Sólo se puede sobornar a quien tiene algo que ocultar. Yo en tu lugar daría gracias por la suerte que has tenido de que haya sido yo el que ha comprado la exclusiva —bajó la voz—. Hazle a Blade una evaluación positiva, Maite, y sigue con tu vida.

El mismo escalofrío que había sentido antes se extendió por su piel como un sudario. Tragó saliva para que desapareciera el sabor acre que se le había formado en la boca.

—Sé cuánto quieres a tus hermanos. Siempre lo tuve en cuenta cuando hacías locuras en su nombre. Pero no me hagas esto. No puedes librar a tu familia de todos sus errores, ni siquiera de los que puedan ser mortales.

William frunció el entrecejo como si estuviera meditando su consejo. La miró a los ojos durante unos instantes antes de encogerse de hombros y alzar la barbilla.

—Tengo mis prioridades.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Ya una vez me dijiste cuáles eran exactamente. No voy a falsificar el informe de tu hermano, pero te prometo que lo evaluaré de manera justa.

—No me importa lo que te parezca justo. Teniendo en cuenta nuestra historia, dudo que perdieras el sueño si Blade tuviera que pasar unos cuantos meses en una celda.

Maite se irguió. ¿Acaso William no la conocía?

—Mi trabajo consiste en ayudar a los demás. No quiero que nadie vaya a la cárcel.

—Estoy aquí para asegurarme de que así sea —se inclinó un poco más hasta que ella sintió el calor de su cuerpo a través de la fina tela del vestido; la cabeza comenzó a darle vueltas debido a la fuerza cegadora de su voluntad—. ¿Así que no emitirás un informe positivo a no ser que puedas defenderlo? —sonrió—. Muy bien. Pasarás con Blade el tiempo suficiente, ya sea una o cien horas, para convencerte de que ha sido un incidente aislado.

Un incidente asilado en una década repleta de malas acciones era improbable. Aunque ella no basaba las evaluaciones profesionales en lo que sabía de las personas o de sus antecedentes. Su actuación era profundamente ética, incluso cuando se enfrentaba a situaciones poco éticas.

Sin embargo, en aquel momento William la tenía a su merced. Y el tiempo seguía corriendo. Tenía que volver adentro. La señora deWalters no iba a esperarla eternamente y no tendría otra oportunidad de hablar con ella. Lo mejor era tranquilizar a William, al menos de momento. Asintió de mala gana.

—¿Cuándo es el juicio?

La tensión de los hombros de William pareció relajarse.

—Dentro de dos meses.

Si ella no encontraba una salida a la situación, William querría que pasara con su hermano todo el tiempo disponible hasta que cediera, lo que era imposible. Era mejor establecer los límites en aquel momento.

—Veré si tengo tiempo libre la semana que viene.

—Búscalo, Maite, porque, si no, Maeve deWalters verá una serie de casos de mala conducta profesional en el mundo de la terapia. Claro que, si eres inocente, no tienes nada que temer.

¿Cómo se atrevía a darle la vuelta a sus palabras? Blade y ella no se hallaban en la misma situación. Cuando se demostrara que ella era inocente, el escándalo provocado por la historia sería tal que le costaría mucho encontrar fondos para su proyecto. Todo aquello por lo que había trabajado podía convertirse en humo si se arruinaba su reputación. ¡Y pensar que había estado a punto de casarse con aquel hombre!

Los años en que, pacientemente, había tratado de que la herida se cerrara se desvanecieron de repente.

—Te odio —masculló con voz temblorosa.

—Me da igual.

Maite detestaba tener que ceder. Hubiera preferido mandarlo al infierno. Pero no tenía opción.

—¿Dónde y cuándo?

William sacó pecho. Había ganado la batalla.

—En los estudios de la televisión, el lunes a las diez. No te retrases. Sólo una cosa más.

Antes de que ella tuviera tiempo de reaccionar, su brazo de acero la tomó por la cintura. El beso que le dio fue rápido, abrumador, profundo, con el mismo ritmo y habilidad que recordaba, pero extrañamente aumentados. Mientras la mano de él le sostenía la cabeza, volvieron los recuerdos y los años transcurridos.

En aquel momento indefinible y surrealista, volvía a ser de William y, por increíble que pareciera, el resto no importaba. A pesar de los problemas que habían tenido, ella siempre había sentido una inmensa plenitud cuando la abrazaba. Cuando la amaba…

Por fin se impuso la brutal realidad: dónde estaban, lo que ella había hecho. Lo empujó y consiguió separarse de él, sin aliento. Él sonrió con superioridad y se le formó el hoyuelo en la mejilla izquierda que ella había adorado en otro tiempo. Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta como si fuera el rey del mundo.

—Sólo quería que supieras lo atractiva que resultas cuando te enfadas.

Maite, temblando de indignación y de un insoportable deseo, quiso gritarle lo arrogante que era. Pero las palabras se le quedaron en la garganta mientras él desaparecía en el salón de baile dejando las puertas del balcón entornadas. Por la abertura vio que la señora deWalters se disponía a marcharse. Trató de recobrar la compostura. Tenía que centrarse y entrar inmediatamente.

Se apresuró hacia el salón, pero seguía pensando en William: su sabor, su olor, su habilidad… Tenía que encontrar el modo de aplacarlo sin poner en peligro su integridad profesional. Y cuando aquella terrible experiencia hubiera acabado, no tendría que volver a verlo ni a besarlo, porque era lo último que deseaba. Aunque el cuerpo, traicionándola, le susurrara otra cosa.

~::~Capítulo 2~::~

El lunes, a última hora de la mañana, William entró como un huracán en su amplio despacho de la última planta. Cuando vio que Maite Wilks estaba sentada esperándolo, vaciló antes de cerrar la puerta. Sin mirarla a los ojos, se aflojó la corbata y se lanzó hacia su escritorio.

—Me han entretenido.

—Sólo durante una hora y dieciséis minutos.

Al ver las ligeras bolsas oscuras que tenía bajo los ojos, a William le remordió la conciencia, pero decidió no sentirse culpable. A pesar de lo que ella creyera, sabía perfectamente que el tiempo era algo precioso, incluido el de Maite. Aunque por su aspecto podría decirse que le vendría bien tomarse un descanso, estaba seguro de que ella no había tenido un día tan desastroso como el suyo. Las circunstancias habían cambiado.

Ella miró el reloj, no el pequeño con cadena de oro que le había regalado cuando cumplió veintitrés años, sino uno grande y práctico con correa de cuero negro. El otro le sentaba mucho mejor. Sin hacer caso de unos documentos que tenía que firmar antes del mediodía, William apoyó la cadera en una esquina del escritorio. Al mismo tiempo, Maite cruzó sus hermosas piernas y juntó las manos en el regazo. Él inspiró profundamente. ¡Qué bien olía! Como las rosas que le compraba.

—Tengo una cita a la una —le dijo ella—, así que vamos al grano. ¿Nos veremos aquí Blade y yo?

Había que volver a la realidad.

—Blade no está.

Ella lo miró durante unos instantes antes de que el rostro se le endureciera con una sonrisa desprovista de humor.

—Ya veo cómo va a funcionar este acuerdo. Me perseguirás del almuerzo a la cena, y mis pacientes sufrirán porque no podré mantener las citas —se puso de pie. Sus grandes ojos de color turquesa parecían más heridos que enfadados—. Sé que tus prioridades están por encima de las de los demás, pero ¿no podías haberme llamado por teléfono para decírmelo?

A pesar de su súplica y de la vista completa de su cuerpo ágil, William se mantuvo frío.

—Esta mañana, las cosas se han descontrolado.

Ella agarró su portafolios.

—Me gustaría compadecerte, pero eso no tiene nada que ver conmigo.

—Te equivocas —William se separó del escritorio y se cruzó de brazos—. Una de las cadenas rivales ha emitido unas imágenes de la supuesta agresión de Blade como anticipo de su desarrollo posterior en el telenoticias de las seis de la tarde.

—¡Oh, no! —exclamó Maite dejándose caer en la silla.

William, que necesitaba quemar más energía, se dirigió al ventanal y observó los barcos que zigzagueaban por el puerto de Sidney.

—En las imágenes se ve a Blade lanzándose contra una cámara para evitar que lo filme. A propósito, a eso se reduce la supuesta agresión.

De todos modos, que esas imágenes se emitieran por toda la Costa Este no favorecía el estado de ánimo de Blade ni a la cadena televisiva de William. Este había nombrado a su hermano productor ejecutivo con plenos poderes de un nuevo programa de actualidad que se iba a lanzar unas semanas después. La competencia había visto la oportunidad de desacreditarlo y le había propinado un doble golpe. En su lugar, él hubiera hecho lo mismo.

—Mi abogado ha conseguido que las imágenes no se vuelvan a emitir de momento —dijo William dándose la vuelta—. No sabe si podremos conseguir que no lleguen al tribunal.

—Lo siento, William.

Él observó sus rasgos sin un solo defecto, enmarcados por la melena rubia y sintió una opresión en las costillas. Eso era lo que siempre le seducía de Maite, lo que le había tenido enganchado durante mucho tiempo: a pesar de no estar de acuerdo con los métodos o las opiniones de él, tenía buen corazón.

Pero eso no era suficiente para convencerlo de que evaluaría a su hermano de manera imparcial. Estaba casi seguro, por el contrario, que influiría en ella el pasado, sobre todo una noche, y condenaría a Blade antes de que abriera la boca.

Sin embargo, poseía la clave para convertir esa posibilidad negativa en otra totalmente positiva. Si Maite se negaba a ver a Blade y, en último término, a ofrecer de él un informe positivo, se arriesgaba a que él emitiera la historia de Hennessy, que podía hacerle daño.

«Soborno» era una palabra desagradable, pero, costara lo que costara, no iba a consentir que Blade pasara ni un solo día entre rejas. Después de la conversación del sábado con Maite, tenía todas las cartas en sus manos. Ella no lo desafiaría. Poca gente lo hacía.

Ella se volvió a levantar.

—¿Me comunicarás cuándo puedo ver a Blade?

—Desde luego. Digamos que este viernes a mediodía, una buena forma de empezar el fin de semana.

Lo miró fatigada. La horrorizaba su audacia a la hora de organizarle la vida.

—Tengo libre toda la tarde del viernes —dijo ella para sorpresa de William.

—Estupendo.

—Esto funcionará mejor si dedico a Blade sesiones muy largas, en vez de vernos a ratos.

—Creo que lo has decidido así porque, por tus horarios y tu práctica profesional, te conviene más dedicarle una tarde entera, cuando puedas disponer de ella, que verlo a ratos —siempre había sido una chica lista—. No me importa.

A pesar de que lo que ella pensara de Blade, si pasaba el tiempo suficiente con él se daría cuenta de que la acusación de agresión era un incidente aislado, de que su hermano había sido provocado hasta unos extremos que ningún hombre soportaría. Cuando eso sucediera, Blade sería declarado inocente. Él no tenía intención de llevar a cabo sus amenazas, simplemente había jugado la carta más alta de que disponía.

Le gustaría tener más opciones para que el sentimiento de culpa no lo invadiera cuando bajaba la guardia. Un día, cuando Maite tuviera familia, se daría cuenta de la fuerza que puede llegar a tener el impulso de protegerla. Nueve años antes, él había recibido una trágica lección al respecto.

Mientras ella se dirigía a la puerta, observó el balanceo natural de sus caderas y de sus piernas interminables. Sintió un cosquilleo en la entrepierna al recordar el beso del sábado, la forma en que ella se había derretido durante cinco segundos, antes de recuperar el control.

Sonrió con tristeza. Seguía oliendo la fragancia que había aspirado cuando su boca poseyó la de ella por primera vez en mucho tiempo. Daría cualquier cosa por volverla a saborear.

Abandonó esos pensamientos, se apretó la corbata y la siguió para despedirla. Al salir a la recepción vio a una mujer abrazada al cuello de Maite.

—¿Qué haces aquí? —gritó su hermana mientras la soltaba—. ¡Hace siglos que no te veo!

Detrás de Maite, Libby vio a su hermano que parecía divertirse y tenía, como siempre, un aire indulgente. Se le acercó y se puso las manos en la cintura de sus vaqueros de diseño.

—Eres un desvergonzado —le golpeó el brazo—. ¿Por qué no me has dicho que iba a venir Maite?

Mientras Libby volvía con su visitante de honor, William se preguntó si había tenido alguna vez esa energía juvenil, incluso a la tierna edad de veintidós años. Era difícil creer que aquélla fuera la misma niña de la que se había hecho cargo tras la repentina muerte de sus padres. Buena parte de la metamorfosis de Libby se la atribuía a Maite. Había sido su mejor amiga, su confidente y su hermana mayor cuando Libby más lo necesitaba.

—¿Has venido por negocios? —prosiguió Libby mientras agarraba las manos de Maite—. ¿O es una visita de carácter social? —sus ojos de color violeta lanzaban destellos mientras miraba a ambos. Se encogió lentamente de hombros y se mordió los labios—. Será mejor que me calle.

William, a quien había agradado la escena del reencuentro, se acercó a ellas con una expresión de falsa seriedad.

—Creo que tienes razón.

Maite no parecía tan preparada para pasar por alto el malentendido de que tal vez volvían a estar juntos. Sonrió levemente.

—No estamos saliendo, Libby.

—¿Sales con otro? —preguntó Libby decepcionada.

William se contuvo y no le dijo que se callara. Quería oír la respuesta. Maite abrió la boca, pero tardó unos segundos en responder.

—El trabajo me ocupa casi todo el tiempo.

Libby le dirigió una mirada escrutadora.

—¿No sales con nadie?

Maite vaciló.

—Últimamente… no.

«Muy interesante», pensó William.

—Bueno, de aquí no te vas hasta que me lo cuentes todo —los ojos de Libby brillaban—. Qué haces, dónde vives —le tomó la mano y se la apretó—. Pienso en ti muy a menudo.

Agarradas del brazo, Libby se dispuso a llevar a Maite a su despacho de producción de programas infantiles. Pero Maite la retuvo. Después de lanzar una larga mirada a William, sonrió a su hermana.

—¿Lo dejamos para otro momento? Volveré el viernes a mediodía. Si estás, podremos ponernos al día.

—Claro que estaré —Libby dirigió una mirada de curiosidad a su hermano—. Pero, William, cuando le pregunté a Blade si nos íbamos a reunir, como es habitual, al final de la semana, me dijo que, el viernes, los dos teníais que ir a Queensland a localizar exteriores. Al menos eso creo que murmuró antes de salir echando chispas hace dos horas.

William masculló una maldición; primero, porque no quería que Maite hubiera oído en qué estado se había marchado su hermano; segundo, porque se había olvidado por completo del trabajo de localización antes de concertar la cita del viernes con ella. No podía posponerlo. Ya iban mal de tiempo para que el nuevo programa estuviera listo a comienzos de la temporada siguiente. No podía permitirse ninguna demora. Maite se dirigió a William con una expresión de superioridad en su hermoso rostro.

—Supongo que tendremos que dejarlo para otro día.

William pensó en el rodaje, en Blade y en las ojeras de Maite, y tomó una rápida decisión.

—¿No ruedas hoy, cariño? —preguntó a Libby.

—No. El cámara está enfermo.

—Creo que te acaban de llamar por megafonía —mintió él mientras le daba unas palmaditas en la espalda.

Mirándole por detrás del hombro, Libby sonrió.

—Entiendo. Quieres hablar con Maite en privado antes de que se vaya. Un día me tratará como a una persona adulta —le dijo a Maite en un aparte.

Maite puso los ojos en blanco y se echó a reír.

—Esperemos.

Mientras Libby y Maite se despedían, William se pasó la mano por el pelo. No se había percatado de cuánto echaba de menos la risa de Maite, ni entendido cuánto la echaba de menos a ella, sin más. Creía haberla olvidado, y que ella también debía de haberlo olvidado.

Cuando Libby desapareció por una esquina, Maite lo miró a los ojos.

—¿Qué querías decirme? —su tono indicaba que ya había perdido demasiado tiempo, pero tenía los ojos cerrados como si tratara de ocultar el hecho de que también a ella le había afectado la reacción de Libby al volverla a ver, de reprimir los recuerdos que el encuentro había provocado. Momentos muy hermosos, aunque también los había habido malos.

William examinó su cara y se le aceleró el pulso. Había seguido adelante catalogando la ruptura de su relación amorosa como una experiencia más. Pero, en aquel momento, algo distinto del instinto le indicaba que debía hacer caso de aquella excitación sexual. ¿No se suponía que el tiempo lo curaba todo?

Se aclaró la garganta y decidió lanzarse.

—Quiero que vengas conmigo a Queensland el viernes. Allí podrás ver a Blade.

Maite contrajo el rostro y luego casi se echó a reír.

—El sábado estuviste a punto de arruinarme la noche; hoy me has tenido esperando más de una hora; y ahora me propones que me suba a un avión y me vaya contigo a una playa bordeada de palmeras —se dio unos golpecitos en la sien—. ¿Has perdido el juicio?

Pero quizá en ese momento recordó las inolvidables vacaciones que habían pasado en el norte, porque vaciló y añadió una débil excusa.

—Además, tengo un montón de citas esa mañana.

—Cámbialas.

Maite lo miró de hito en hito.

—¿No lo dirás en serio?

William dio la vuelta a la tortilla.

—Fuiste tú la que me dijiste que era mejor ver a Blade durante un periodo largo que a ratos.

Maite apretó los labios, igual que había hecho dos noches antes cuando él se los había recorrido con la lengua insistiendo para que le ofreciera la boca, premio que había acabado por ganar. Parecía haberle leído el pensamiento a él.

—¿Sabes lo que te pasa, William? Presionas mucho y esperas demasiado.

—Una vez escribiste un artículo sobre las ventajas de la conducta asertiva —observó él.

El imán de su cuerpo lo atrajo hacia ella. Al invadir su espacio personal, los ojos de Maite se volvieron vidriosos. Era evidente que quería irse, pero él creía que había una parte de ella que deseaba quedarse. El labio inferior de Maite comenzó a temblar.

—Sé lo que estás tramando. Intentas aprovechar el tiempo en tu propio beneficio.

Eso hizo pensar a William en si habría conservado el reloj que le regaló. Se lo quitaba y lo dejaba en la mesilla de noche cuando él bajaba la intensidad de las luces y la tomaba por la cintura para atraerla hacia sí. Se acercó un poco más, se encogió de hombros y se hizo el tonto.

—No sé de qué me hablas.

—Mientras me tengas a tu servicio, piensas introducir un valor añadido.

Él se limitó a sonreír sin confirmarlo ni negarlo. Maite tragó saliva, pero se mantuvo firme.

—Te lo advierto. La otra noche me pillaste desprevenida, pero no voy a consentir que vuelva a suceder. Lo que hace años hubo entre nosotros se ha acabado, William. Está muerto.

Él asintió mientras cedía a su instinto más primario y le ponía las manos en la cintura para atraerla hacia sí. Mientras su boca se inclinaba hacia la de ella, ésta echó la cabeza hacia atrás y dejó caer el portafolios. Él le agarró la nuca para sostenerle la cabeza.

Los labios entreabiertos de Maite eran los más dulces que había probado. El roce de sus senos le aceleró la sangre en las venas. De buena gana o por la fuerza, ella se le había rendido. Lo sentía en el fondo de su ser. Tal vez lo odiara, pero también lo deseaba. Sus bocas se separaron lentamente.

—De acuerdo. Ha quedado claro: no consentirás que vuelva a suceder —murmuró él rozándole los labios y todavía acariciándola.

La mirada soñadora de Maite desapareció de repente. Se puso a temblar antes de separarse bruscamente de él. Se estiró el vestido y recogió el portafolios. Al elevar la vista seguía sin aliento.

—No juegas limpio —le espetó con voz entrecortada—. Nunca lo has hecho. Esto no cambia nada.

Él estaba muy serio.

—Si tú lo dices.

—No me trates como a una niña, William. Soy una mujer.

El observó sus labios húmedos y sintió un tirón en las entrañas. La burla y la disculpa se mezclaron en su respuesta.

—Déjame resarcirte —sin duda, un día en el paraíso era un buen punto de partida.

Ella le dirigió una mirada cargada de cinismo.

—Nunca podrás hacerlo. Ni con un viaje, ni seduciéndome ni, desde luego, sobornándome.

William siguió mirando la puerta mucho después de que Maite hubiera desaparecido por ella, hasta que Molly, su secretaria entró cargada de informes. William salió del estado de trance en que se hallaba y se dirigió a su despacho. Pero se dio la vuelta y fue al escritorio de Molly.

Le daba lo mismo que fuera juego limpio o sucio. Las únicas reglas que admitía eran las suyas. Y siempre jugaba para ganar, tanto en el trabajo como con su familia o con una mujer. Sin embargo, cinco años antes había dejado marchar a Maite.

—Molly, —dijo, seguro ya de su plan—. Necesito otro billete de ida y vuelta para Queensland.

Molly se quitó el bolígrafo que utilizaba para sujetarse el pelo y tomó nota.

—¿Algo más?

—Tres noches de hotel —dijo mientras se dirigía a su despacho—. Volveré el lunes por la mañana. Y también la señorita Wilks.

gracias por la WN amiga. Se nota que Maite y William todavia se aman! A ver como iran las cosas entre ellos, siguela por favor!

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me encantaaaaaaaaaaaaa xD …me intriga ese informe que acusa de mala conducta a Maite en colegio …y porque ellos terminaron :thinking::thinking::thinking:

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Muchas gracias a ti amiga. Sí se nota que todavía hay amor entre ellos. A ver qué pasará. Ahora la sigo, besos

Me alegro te guste tanto. Sí eso nos tiene intrigadas, veremos qué pasó y qué sucederá ahora entre ellos. Muchas gracias, besos

~::~Capítulo 3~::~

Cuatro días después, Maite dio un salto al oír aproximarse dos voces masculinas conocidas por el sendero que unía el hotel a la piscina. Dejó el refresco en la mesita de la tumbona y rápidamente se cubrió las piernas y el bañador amarillo con un Sorong.

Al sentirse atrapada y, había que reconocer, algo intrigada, había acabado por aceptar la «sugerencia» de William de que lo acompañara a Queensland. Incluso había sucumbido a la tentación y había llenado un maletín de artículos de primera necesidad: la crema solar, el bañador y un sarong a juego. Sin embargo, a pesar de lo informal del entorno, se hallaba allí como profesional. Aunque estuviera tumbada al lado de una piscina rodeada de palmeras, había ciertas normas que era necesario mantener; y cubrirse era una de ellas.

Se volvió a estirar el sarong para asegurarse de que le cubría las piernas expuestas al sol, y vio a los dos hombres. Blade, vestido con unos pantalones cortos de color negro y una camisa, se sentó en la tumbona de al lado. Se rió entre dientes al verla tan relajada.

—¡Qué dura es la vida! —exclamó.

Vestido con pantalones de algodón y una camisa blanca con las mangas subidas a la altura del codo, William se parecía algo más a un ejecutivo de la televisión en busca de localizaciones. Acercó una silla y miró el atuendo de Maite.

—Veo que te has dedicado a relajarte mientras no estábamos.

Ella se sonrojó y apartó la mirada.

—Ha sido… agradable.

A pesar de que no había reglas estrictas sobre el lugar en que se debían mantener las entrevistas con los pacientes, sus principios éticos se estaban tambaleando. Cuanto antes se acabara aquella escapada, mejor, tanto por motivos personales como profesionales. Cuanto más tiempo estuviera en aquel ambiente de relajación de los mares del sur, más recuerdos la perseguirían y más defensas caerían. Cuanto menos controlara sus emociones, más necesidades físicas inaceptables padecería al estar William cerca de ella.

Llegó un camarero para saber qué querían tomar. William pidió un martini seco, y Blade, un zumo. Maite se incorporó. Puesto que ellos ya habían acabado de localizar aquel día, era hora de que Blade y ella se pusieran a trabajar. Pero tenía que estar correctamente vestida. Debía recoger su ropa y sus cosas en la taquilla que el portero le había ofrecido.

Sonó la música de Misión imposible en un teléfono móvil. Blade se metió la mano en el bolsillo trasero. Su cara, de estructura y rasgos similares a los de William, se contrajo al leer el mensaje que había recibido.

—Es de nuestra hermana.

Al inclinarse hacia delante, los tendones de los antebrazos de William se tensaron sobre los brazos de la silla.

—¿Tiene algún problema?

—Ella, no: mi coche —Blade dejó el teléfono—. Se lo presté esta mañana cuando me lo pidió. Ahora me dice que, en el aparcamiento, alguien le ha dado un golpe en el lado izquierdo y que es algo más que un arañazo.

—Blade tiene un nuevo Lexus descapotable —explicó William a Maite—. Muy elegante.

—Pues ahora lo han abollado —concluyó Blade.

Maite suponía que Blade se pondría hecho una fiera. Pero se limitó a sonreír, se pasó la mano por el pelo, que le llegaba a la altura del cuello de la camisa, y se tumbó.

—Libby es una descarada —dijo—. El lunes me pidió las llaves justo cuando yo salía. Le dije que no poniéndome muy serio, pero ha insistido —bajó la mano que tenía sobre la frente—. Es culpa mía. Soy un im.bé.cil. Todos los somos cuando se trata de Libby.

Maite se dio cuenta de lo que había dicho y quiso saber más.

—¿El lunes por la mañana, Libby te pidió las llaves?

—Hice lo que pude para que se percatara de que sólo el hecho de habérmelas pedido me había puesto furioso. La empresa le ha proporcionado un precioso BMW, no tan caro como el Lexus, por supuesto, pero cabría suponer que estaría contenta, puesto que destrozó un Mercedes totalmente nuevo hace tres meses. En mi compañía de seguros van a ponerse furiosos.

Maite se mordió el labio inferior. Por eso había dicho Libby que Blade se había marchado esa mañana hecho una furia; no porque hubiera visto las imágenes, sino porque había fingido una dureza que no sentía cuando su hermana le había apretado las clavijas para que le prestara el descapotable.

Prefería pensar que Libby era una descarada a que siguiera siendo la adolescente introvertida que había conocido. Y, a pesar de todo, se sintió aliviada al comprobar el sentido del humor de Blade. Apenas habían hablado durante el viaje, porque él había estado enfrascado en sus papeles y documentos. Pero no bastaba una instantánea de su lado más alegre. Si Blade tenía un problema de agresividad, como se alegaba en la acusación por agresión y atestiguaban otros hechos del pasado, lo descubriría pasando tiempo con él.

El camarero volvió a aparecer con una bandeja. William agarró su vaso. Blade iba a hacerlo cuando el camarero tropezó y le derramó el zumo en la camisa. Blade se puso en pie de un salto y se sacudió la mano mojada mientras el camarero se disculpaba.

—No pasa nada, en serio —le dijo al camarero que le trataba de secar la camisa con una servilleta mientras murmuraba en español. Para acabar con aquella situación, se quitó la prenda—. De todas maneras me apetecía mucho bañarme.

El camarero se retiró, y Blade, antes de dirigirse a la piscina, sonrió a William y a Maite.

—Me alegro de que por fin hayáis arreglado vuestros problemas. Siempre habéis hecho una pareja estupenda.

Mientras Blade se descalzaba y se tiraba al agua, Maite se puso colorada hasta las orejas. William y ella no estaban juntos ni volverían a estarlo. Por suerte, William no hizo ningún comentario al respecto.

—Mi hermano se ha convertido en un hombre del que estoy orgulloso —se limitó a decir.

Maite estaba en parte de acuerdo con él por lo que acababa de presenciar. Pero en su profesión, además de los datos, se requería una mente curiosa y analítica. No podía desechar la posibilidad de que el mensaje telefónico o el incidente con la bebida, o tal vez los dos, hubieran sido puro teatro para demostrar el carácter pacífico de Blade. Creía que William era capaz de cualquier cosa, por lo que, a pesar de sus dudas, no podía permitirse el lujo de tomarse a la ligera la amenaza de soborno.

Mientras observaba a Blade haciendo largos en la piscina con brazadas relajadas y poderosas, Maite siguió reflexionando, pero en voz alta.

—Era un joven muy problemático cuando nos conocimos.

El corazón le latió con fuerza. No debía haber dicho aquello, por muchas razones. Los cinco años anteriores habían pasado muy lentamente, pero, en aquel momento, con William sentado tan cerca de ella, «cuando nos conocimos» podría haber sido el día anterior.

William se cruzó de piernas.

—Blade tenía buenos motivos para ser problemático. Estaba enamorado de una chica con la que se quería casar. Entonces, la madre de ella, una bruja metomentodo, declaró que Blade no era lo bastante bueno y obligó a Kristin a aceptar la proposición de otro hombre —alzó la barbilla como si acabara de darse cuenta de que ella ya sabía todo aquello—. No sé de nadie que pueda enfrentarse a semejante situación sin perder los nervios de vez en cuando.

Maite pensó que «volverse completamente loco» definiría mejor la situación.

—Y creo que este incidente de agresión tiene relación con Kristin —había leído las notas del tribunal.

William asintió.

—El mes pasado, el marido de Kristin, un importante agente inmobiliario en Estados Unidos, la abandonó. En aras del sensacionalismo, corrieron rumores de que se debía a que Kristin y Blade estaban viviendo una tórrida aventura. Los medios de comunicación necesitaban declaraciones, claro está. Cuando un periodista y un cámara arrinconaron a Blade y lo bombardearon a preguntas y acusaciones, éste los maldijo, apartó la cámara de su cara y se marchó de allí.

Maite llevaba varias semanas sin ver las noticias en la televisión debido al exceso de trabajo.

—Debe de ser terrible tener que preocuparse de historias que circulan y que son falsas —dijo ella.

La expresión concentrada de William le indicó que éste no había establecido la relación entre la situación de Blade y la de ella. ¡Típico!

—Blade manejó bien la situación hasta que el im.bé.cil del periodista le preguntó si era verdad que Kristin estaba embarazada de él, y enferma porque se negaba a verla.

—¿Dónde se enteran de esas cosas? —preguntó Maite, asqueada.

—Toman un grano y hacen un mundo de él, todo en aras de los índices de audiencia. En muchos casos, los medios de comunicación no informan, sino que se inventan las noticias.

«Y que lo digas», pensó Maite.

En ese momento, Blade salió del agua. Mientras se secaba la cabeza con una toalla, dos jovencitas en bikini pasaron a su lado y lanzaron una risita tonta al mirarlo. Blade pareció no darse cuenta y se tumbó bocabajo en la tumbona.

—Parece que ha madurado —reconoció Maite.

—Eso parece una evaluación positiva —observó William.

—¿No te rindes nunca? —la respuesta, obviamente, era que no. Se le ocurrió otra pregunta que no era tan fácil de contestar—. Creí que se enfadaría cuando concertaste esta cita para hoy —el Blade que recordaba no quería que nadie lo ayudara.

William se frotó la nuca con una expresión casi dócil.

—Le dije que me habías pedido verlo en un ambiente relajado en vez de en un despacho.

Maite sintió que le faltaba el aire.

—¿No me digas que Blade cree que esto ha sido idea mía?

William recuperó su seguridad.

—Blade tuvo dudas cuando le dije que te había elegido para hacer su informe psicológico. Pero el encuentro de hoy ha servido para romper el hielo. Lo has visto tal como es. Y él te ha visto, así que todo va bien.

Ella trató de disimular el malestar que sentía.

—Tengo la impresión de que, cuando sepa la verdad, no le va a gustar. A nadie le gusta que lo manipulen, William.

A ella tampoco.

—Cuando todo acabe le diré la verdad.

A pesar de que Maite se sentía molesta, comprendía la forma de pensar de William. Muchos padres y tutores eran sobreprotectores, algunos incluso controladores. Pero ese comportamiento dominador podía volverse contra el que lo mostraba, como en el caso de la señora de Walters. Quizá había creído que lo mejor para su hija era prohibirle casarse con el hombre al que quería, pero Maeve le había dicho el sábado anterior que llevaba años sin saber nada de ella. Eso le hizo pensar en otra joven.

—Si sigues dirigiendo la vida de Blade, me da escalofríos pensar lo que tendrá que soportar la pobre Libby —Maite le dirigió una mirada quejumbrosa—. ¿Dejas que salga con chicos?

—Sólo si ha terminado de hacer los deberes —su expresión seria se evaporó—. Por supuesto que dejo que salga con chicos. Tiene veintiún años. No podría impedírselo aunque quisiera.

—Por lo que vi el lunes, la tratas como si fuera una adolescente en vez de una mujer en la veintena.

William parpadeó visiblemente ofendido.

—Tiene un cargo de responsabilidad en la cadena. De tanta responsabilidad que tengo que asegurarme regularmente de que no sea demasiada.

Maite no pudo por menos que sonreír. Dirigió la vista a sus grandes manos, entrelazadas en el regazo, y sintió una punzada de deseo. Le encantaban aquellas manos, su aspecto, cómo la habían acariciado en otro tiempo, la forma en que la agarraban, con una mezcla de fuerza innata y ternura.

—Sé lo que estás pensando —dijo él.

Maite alzó la vista de inmediato sintiéndose culpable.

—Pero no soy un dictador —observó William prosiguiendo con la conversación—. Soy su…

Cuando se detuvo buscando la palabra adecuada, ¿protector, defensor?, Maite le suministró una que puso la conversación en su contexto.

—Eres su hermano mayor —afirmó.

Había comenzado a darle la sombra del edificio. Ante el cambio de temperatura, sintió un escalofrío. Era hora de levantarse e irse a cambiar de ropa. Se puso de pie y se ató el sarong a la nuca. Sintió que William no dejaba de mirarla, preguntándose, sin duda, por la subida de voltaje que se había producido entre ellos. No podía consentir que supiera que ella también lo había notado. Si veía que su determinación vacilaba, sería inmisericorde. La idea de un William sin piedad la preocupaba y, para ser sinceros, la excitaba. Se quitó el sombrero y sonrió inocentemente.

—¿Cuándo es el vuelo de vuelta? —suponía que sería a última hora de la tarde, aunque tampoco sería un problema que fuera por la noche. El día siguiente era sábado y, como siempre dejaba los lunes para tareas administrativas, no tenía citas hasta el martes—. Quiero saber el tiempo de que dispongo antes de sentarme a hablar con Blade.

Él le lanzó una mirada oscura con los ojos entrecerrados, como si, mientras ella se ataba el sarong, le hubiera estado quitando el traje de baño mentalmente. Se levantó despacio.

—Tenemos tiempo de sobra. Vamos a dar un paseo. No se puede caminar todos los días por el paraíso. Paso mucho tiempo sentado tras un escritorio; seguro que tú también.

Le alargó la mano mientras le dirigía una atractiva sonrisa. El corazón de Maite comenzó a latir con fuerza. Estaba asustada, muerta de miedo en realidad, porque, si aceptaba, él podía interpretarlo como una señal de que quería que la volviera a besar. Aún le daba más miedo que una parte de ella quisiera que lo hiciera. William Bridges era como una droga: había tardado un siglo en estar limpia de él, pero tras volverlo a probar un poquito, tenía los nervios de punta y ansiaba probarlo de nuevo.

No se habían separado porque William se preocupara en exceso de Blade y Libby, sino porque se negaba a reconocer que su ambivalencia con respecto a lo que ella sentía por él la hería en lo más profundo. La noche de su fiesta de compromiso, William no se presentó porque estaba ocupado rescatando a Blade, que se había metido en un lío parecido a aquél con el que se enfrentaba en aquellos momentos. Fue la gota que hizo colmar el vaso.

Ella entendía que a William le importaran sus hermanos y la cadena de televisión, pero ¿cuánto le importaban ellos dos como pareja?, ¿o sus sentimientos hacia él, primero como su novia, después como su prometida? Su relación no habría funcionado entonces, como tampoco lo iba a hacer el volver a intentarlo en aquellos momentos, sobre todo en aquellos momentos. Pero era evidente que William pensaba de modo distinto.

Su deseo no era simplemente besarla. De todos modos, era verdad que necesitaba estirar las piernas y que le vendría bien un paseo corto. Fingió una sonrisa y asintió.

—Muy bien. Será agradable pasear un rato.

No hizo caso de su mano tendida, pero, de todos modos, él le tomó la suya. La sangre de Maite se le aceleró cuando sintió el contacto de la mano de él, fuerte y sensual, que le provocó un profundo sentimiento de nostalgia. William era único en todos los sentidos, un hombre nacido para mandar y conseguir sus fines a cualquier precio. Pero ella no necesitaba un héroe, sino un compañero que la quisiera de verdad; un hombre que supiera el valor del compromiso. Por desgracia, William nunca sería ese hombre.

Cuando trató de retirar la mano, él pareció no darse cuenta y echó a andar. Como no estaba dispuesta a montar una escena frente a los demás huéspedes, no le quedó más remedio que seguirlo.

Tomaron un sendero bordeado de palmeras. El aire era cálido y olía a pino y a sal. Se pararon en la cima de una duna. Maite miró el mar, de un azul intenso. Nada había cambiado: ni la vista, ni el aroma a limpio del océano. Todo era una perfecta reproducción de la última vez que habían ido a la costa. La voz seductora de William no fue una intromisión en aquel entorno, sino que se fundió con él.

—Nunca hemos hablado de aquella noche.

Al comprender el sentido de sus palabras, Maite emergió de su ensoñación y sintió una dolorosa punzada de arrepentimiento. No quería hablar de eso. Sabía que se trataba de una debilidad por su parte, pero quería seguir, aunque sólo fuera unos instantes, manteniendo el recuerdo de tiempos más felices.

William le trazó un círculo con el pulgar en la palma de la mano.

—¿Maite?

Ella se concentró en el horizonte mientras trataba de esquivar la pregunta.

—¿Qué noche?

—Lo sabes muy bien.

A pesar de la calidez del aire, sintió un escalofrío. Asintió de mala gana. Sí, sabía que se refería a la noche de su fiesta de compromiso. Todos los días que habían transcurrido desde entonces había intentado borrarla de su memoria.

—Eso forma parte del pasado —dijo con voz firme, pero no lo miró. No podía enfrentarse a la complicada comunión de almas que parecía seguirse produciendo entre los dos.

—No pude evitar el retraso —continuó él.

Luchando contra los recuerdos, Maite trató de soltarse de nuevo, pero él se dio la vuelta y le agarró la otra mano. Ella bajó la cabeza, cerró los ojos y trató de reunir toda la fuerza moral que sentía que se le escapaba. Si lo intentaba de verdad, podría mantener esa imagen a distancia. Volver a imaginar aquella noche, recordarla, le dolía demasiado.

—Recibí los recados que me dejaste. Sé lo que pasó.

—No me devolviste las llamadas.

«No lo mires», se dijo Maite. «No te sumerjas en sus ojos azules como el mar».

—Te devolví una.

Fue a la mañana siguiente, cuando su familia y sus amigos se habían marchado con gran pesar por lo sucedido. Sus bienintencionados gestos de apoyo sólo habían conseguido que la situación le resultara más dura.

Maite se puso a temblar. Volvió a ver sus expresiones de conmiseración y a sentir la vergüenza que la había devorado por dentro. Y recordó también que, al llegar a su casa, lloró hasta después del amanecer. No soportaba el peso de los recuerdos. Quería que desaparecieran, enterrarlos para siempre. Lo había amado tanto…

William le soltó una mano y le alzó la barbilla. Su intensa mirada buscó la de ella.

—Tenía que hablar contigo… explicarme.

Aquello la estaba volviendo a destrozar.

—Hablamos, William. No había nada más que decir —sonrió con valentía—. Y no pasa nada, de verdad.

Él le había dicho que lo sentía y ella le había contestado que no bastaba. ¿Cuántas veces la había tenido esperando en restaurantes, en su piso o en el de él y, más adelante, en las citas para solucionar algo relacionado con su boda inminente? Sabía que era un hombre muy ocupado, pero no tenía en consideración sus sentimientos. Después de comprobar cómo era su vida siendo su novia y su prometida, había decidido que no quería compartirla con él como su esposa.

Después de la fiesta de compromiso, él le había dejado mensajes, había llamado a su puerta, pero ella se había mantenido firme… salvo por una desgarradora equivocación. Trató de olvidar esa imagen.

Hasta una semana antes creía haber borrado de su mente a William Bridges. No debía haber ido a pasear con él, ni debía haberlo acompañado en aquel viaje. Volvió a intentarlo.

—No hay necesidad de remover el pasado.

La voz de él se hizo más profunda.

—¿Y si quiero hacerlo?

Su insistencia debería haberle hecho daño, pero sintió la necesidad de echarse a reír.

—De verdad que eres el hombre más arrogante que conozco. Me coaccionas de la manera más descarada para que ayude a tu hermano. Me besas cuando sabes que no tienes derecho a hacerlo. Y ahora quieres… —exasperada, levantó la mano que tenía libre— no sé lo que quieres.

Los ojos masculinos brillaron en medio de las sombras que los iban envolviendo.

—Sabes perfectamente lo que quiero.

Le alzó la mano y la besó en la muñeca. Un cosquilleo de placer recorrió el brazo de Maite. Él no retiró los labios y empezó a lamerle la piel, lo que despertó en ella un deseo que procedía de lo más profundo de su ser. El aroma de él la envolvió. Mientras su boca le subía por el brazo, con la otra mano la empujó hacia sus caderas. Ella sintió la dureza de su masculinidad. A pesar del placer que experimentó ante aquella gloriosa sensación, trató de soltarse.

—No, William.

—¿No te gusta que te abrace? ¿Ni sentir mi cuerpo contra el tuyo? —la apretó con más fuerza, y ella tuvo que morderse los labios para no llorar—. Creo que sí te gusta, que te gusta mucho.

Ella cerró los ojos, pero se negó a inclinar la cabeza y le ofreció el cuello mientras él la besaba en el hombro. Nadie volvería a hacerla sentirse así, como si no existiera nada más que la pasión y la dolorosa necesidad de satisfacerla. Pero tenía que recordar… tenía que decírselo.

—Quería que desaparecieras de mi vida.

Él le rozó la mandíbula mientras sonreía.

—Por eso debe de ser que me devuelves los besos.

Para demostrárselo, volvió a reclamar sus labios de manera lánguida, como si pudiera tardar todo el tiempo del mundo porque supiera que ella no lo iba a rechazar. Con cada caricia, la excitación que Maite experimentaba se hizo cada vez más profunda, como si todo lo que era sólo le perteneciera a él. A pesar de que debería sentirse prisionera por su fuerza, se sintió liberada.

Pero recuperó la lucidez. Estaban besándose al aire libre y encaminándose hacia terrenos más peligrosos e irreversibles. Sin embargo, no soportaba la idea de separarse de él. Se estaba tan bien así… Le puso las manos en el pecho caliente y fuerte. Suspiró ardiendo de deseo.

—Debo de estar loca.

—Sí, de atar.

Su mano se deslizó entre los pliegues del sarong, y la intensidad del deseo hizo que Maite casi perdiera el juicio. Pero la seguía acosando un resto de sentido común. Abrió los ojos y frunció el ceño.

—No me voy a acostar contigo, William. Vamos a volver a casa y ése será el final de los besos, las caricias y…

Con un dedo, William trazó un círculo encima del vértice de sus muslos. Cuando se deslizó hacia abajo, Maite gimió y olvidó lo que estaba diciendo.

¿Cómo lo hacía? Sin apenas esfuerzo, en muy poco tiempo, le había hecho olvidar todo y desearlo sólo a él. Él le acarició con la nariz debajo del lóbulo de la oreja y ella sintió un exquisito abandono.

—He reservado un bungalow que tiene un jacuzzi con vistas al mar, igual que en los viejos tiempos —dijo él.

Una deliciosa vibración se desencadenó en el centro de su feminidad y le clavó las uñas en los bíceps. No comprendía nada más que el murmullo de su voz y la magia de sus caricias. ¿Qué había dicho? Algo importante. Trató de poner en funcionamiento el cerebro.

—¿Te vas a quedar a dormir aquí?

—Nos vamos a quedar tres noches.

Lo oyó, y de algún modo fue consciente de lo que había dicho. Debería negarse, lo iba a hacer. Por encima del bañador, él la acarició ahí; ella se apoyó en él.

—No voy a quedarme. No puedo. No… tengo ropa.

Él le rozó los labios mientras sonreía.

—Eso no será un problema.

~::~Capítulo 4~::~

Cuando volvieron a la piscina, Maite estaba roja de vergüenza. ¡Qué deplorable falta de control! ¡Qué mal había juzgado sus propias fuerzas!

Había sido una es.tú.pi.da al creer que podía demostrar a William que ya no lo deseaba. La verdad era que lo deseaba de manera feroz. Si la situación se hubiera prolongado un solo instante, se habrían desnudado y satisfecho mutuamente en la arena. No hubiera sido la primera vez.

Pero, en aquel momento, mientras rodeaban juntos la piscina y la mano de William apretaba la suya, se le hizo un nudo en el estómago. Sintió que se ahogaba, y no paraba de tragar saliva. Él esperaba que cayera rendida a sus pies aquella noche. No le gustaría saber que, después del último beso, se había producido un cambio en ella, no en cuanto a sus sentimientos, sino porque se había impuesto la sensatez.

El bungalow era terreno prohibido para ella, por mucho que sus hormonas descontroladas le suplicaran que fuera o que William y sus ardientes caricias trataran de convencerla de lo contrario. Y tenía un modo infalible para lograr su objetivo. Si no podía confiar en sí misma ni en William, tendría que hacerlo en Blade. No sabía qué excusa ofrecería William a su hermano cuando lo volvieran a ver, aunque quizá ya estuviera al corriente de su plan de pasar tres días allí.

Sin embargo, con independencia de lo que William dijera, ella se mantendría firme y, lo que aún era más importante, no se despegaría del lado de Blade hasta estar de vuelta a salvo en Sidney. Ya pensaría en lo que haría al día siguiente cuando llegara. En aquel momento necesita huir de allí, y la compañía de Blade era la única manera que tenía de hacerlo.

¡Qué raro! Cinco años antes hubiera deseado, secreta y egoístamente, que Blade Bridges desapareciera de su vida, ya que William siempre se apresuraba a acudir en su ayuda en todas las desventuras que le sucedían. Pero en aquel momento, lo único que quería era tenerlo cerca. De ese modo no olvidaría el pasado ni que tres días en el paraíso sólo podían acabar siendo una desgracia.

Se detuvieron junto a la tumbona en la que había estado Blade. William miró a su alrededor: las palmeras balanceándose con el viento, el mar azul oscuro, las sombrillas blancas… Quedaban algunas personas en la piscina y una pareja charlaba en el bar de estilo balines que había junto a una cascada, pero a Blade no se le veía por ningún lado. William detuvo al camarero que le había vertido el zumo.

—¿Ha visto a mi hermano?

Maite trató de vislumbrar si estaba dentro del edificio principal. Blade también había dejado sus cosas en una taquilla, así que tal vez hubiera ido a cambiarse de ropa. O quizá estaba disfrutando de la música del piano que salía del interior. Tenía que estar en algún sitio. El camarero asintió.

—El señor se fue muy deprisa. Me dijo que le diera esto cuando volviera —se metió la mano en el bolsillo y le entregó un mensaje escrito.

Maite lo leyó por encima del hombro de William.

He recibido una llamada de teléfono urgente. Tengo que tomar el avión. Lo siento. Blade.

Maite se quedó sin suelo bajo los pies. Blade se había marchado. Pero, mientras William estrujaba el papel, su mente se puso a trabajar muy deprisa. Tenía que seguir a Blade, tomar un taxi e ir al aeropuerto. Y tenía que hacerlo inmediatamente, antes de que William la volviera a tomar en sus brazos. Se dirigió al camarero.

—¿Puede llamarme a un taxi para ir al aeropuerto?

Antes de que éste pudiera responder, William, con el teléfono móvil ya pegado a la oreja, la agarró de la muñeca.

—No debes precipitarte y marcharte inmediatamente —lanzó una maldición—. Blade no contesta —marcó otro número—. Voy a llamar a Libby y… ¿Libby? ¿Qué pasa? —frunció el ceño—. ¿Has llamado a Blade? —negó con la cabeza—. No, no por el golpe del coche.

Mientras el camarero se marchaba, Maite suspiró aliviada: el asunto urgente que había obligado a Blade a marcharse no tenía que ver con Libby. Al menos podría ir al aeropuerto sin tener que preocuparse por la joven que en otro tiempo había considerado su propia hermana y que había estado a punto de serlo si se hubiera casado con William.

Unas semanas después de la ruptura, la había llamado varias veces y había dejado recados al ama de llaves. Pero Libby estaba de vacaciones con sus amigos y no le devolvió las llamadas. Maite supuso que Libby no quería saber nada de ella, pero, tras el maravilloso recibimiento en el despacho de William, se preguntaba si sus recados habían llegado a oídos de Libby.

Maite trató de que William la soltara, pero éste, concentrado en una tercera llamada, la mantuvo agarrada con sus fuertes dedos ejerciendo una firme presión sobre su muñeca, aunque sin apretársela. Ella trató de no prestar atención a su ardiente tacto y examinó el sendero que conducía al edificio principal… y a la libertad.

Le diría a William, tranquila y claramente, que quería tomar el siguiente avión. Alzó la vista para mirarlo, imponente, desprendiendo magnetismo y seguridad en sí mismo en cualquier situación, y sintió un escalofrío. ¡Qué cerca había estado del desastre!

William, con los labios fruncidos por la preocupación, se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón.

—Tampoco pasa nada en los estudios de televisión. Debe de ser algo personal.

Maite también se habría preocupado si no tuviera sus propios problemas. Lo mejor era resolver aquello de una vez.

—William, sé que lo que acaba de pasar en la playa te habrá hecho creer…

Él volvió a dirigir su atención hacia Maite y sonrió lentamente.

—Ah, sí, nuestra… conversación. Recuerdo que dijiste algo sobre la ropa —su ardiente mirada se desplazó por su garganta y por sus senos—. Me parece que ahora llevas demasiada ropa encima; los dos la llevamos.

—Si tengo que disculparme por haberte causado una impresión equivocada, lo haré, pero tú deberías disculparte por haberme tendido esta emboscada.

Él le sostuvo la mirada.

—Tenemos que hablar.

—No —ya habían hablado bastante, y el resultado habían sido susurros amorosos y sensaciones prohibidas—. Tenemos que olvidar todo esto de una vez.

—¿De qué tienes tanto miedo?

—De volver a caer en tus redes, de dejarme seducir por tu encanto para que luego vuelvas a relegarme al último puesto —«de repetirme constantemente que puedo cambiarte si me esfuerzo más», pensó—. Tú llevas exactamente la vida que querías. Pero yo no quiero encajar en ella, William. Quiero formar parte de… —se mordió la lengua para no decir cosas que no pretendía. Como necesitaba establecer una apariencia de distancia entre ambos, cruzó los brazos—. Entérate de una vez. Lo nuestro forma parte del pasado.

Él se echó a reír, y se le marcó el hoyuelo en la mejilla.

—Maite, el beso de antes forma parte del presente.

—No voy a negar que sigue habiendo entre nosotros cierta química sexual…

—Tomemos eso como punto de partida —se acercó más a ella.

Temblando, ella dio un paso hacia atrás.

—He tardado mucho tiempo en olvidarte. Ahora tengo mi vida. Se me respeta —y, además, se respetaba a sí misma y no tenía intención alguna de cambiar.

—Trabajas demasiado —le acarició la mejilla con el nudillo—. Necesitas descansar.

—Tienes razón. Necesito descansar, William… de ti y de tu forma de manipularme. Voy a tomar un taxi para ir al aeropuerto tanto si vienes como si no.

Él se encogió de hombros.

—Muy bien.

Ella contuvo la respiración mientras esperaba que continuara hablando. William se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón y alzó la barbilla.

—No soy del tipo de los que fuerzan a una dama a hacer algo que no quiere, Maite. Ya lo sabes.

¡Como si necesitara recurrir a la fuerza! Una caricia aquí, un toque seductor allá… Ella no debía de ser la única mujer que se había derretido ante sus habilidades en la cama.

Trató de borrar la imagen de la cama de William, con ambos en ella, y de calmarse. La seductora boca masculina parecía resignada. De hecho, William parecía estar de acuerdo con la decisión que ella había tomado y sentirse tan impaciente como ella por marcharse. Maite bajó los brazos y le sonrió de mala gana.

—Bueno, tengo que reconocer que me alegra que te lo hayas tomado tan bien.

—No desperdicio el tiempo en causas perdidas.

Maite se estremeció al sentir una punzada en el pecho. Ya había experimentado lo mismo en el pasado, y era justamente como deseaba acabar con aquello: de una vez y para siempre. William echó a andar por el sendero, no el que habían tomado antes, sino otro en el que un letrero de madera indicaba el nombre del hotel.

—Voy a recoger mis cosas y nos marchamos —le dijo volviendo la cabeza.

Maite se quedó sola. La música comenzó a sonar a su espalda, las sombras del crepúsculo avanzaron y su pobre cerebro se paralizó. Iba por sus cosas… Eso quería decir que iba a su bungalow.

De pronto se le ocurrió otra idea. Entrecerró los ojos y sonrió lentamente. ¡Claro! Era una estratagema para dejarla allí sola, preocupada, haciéndose preguntas, de modo que acabara por seguirlo a su madriguera donde él podría…

Al final del sendero, William reapareció entre las palmeras. Con su maletín y una pequeña bolsa de viaje en la mano, se acercaba hacia ella con rapidez. Maite sintió que le faltaba el aire. ¡Vaya! Si que tenía ganas de irse. William no se detuvo al llegar a su lado sino que siguió andando. Maite se tambaleó, y el alma se le cayó a los pies. Por fin, el se paró y se volvió hacia ella.

—¿Vienes?

Ella iba a murmurar algo medianamente inteligible cuando él lanzó un juramento y comenzó a deshacer el camino andado.

—Me he dejado el teléfono en la mesa —le explicó.

Ella volvió a quedarse sola. Un pájaro había comenzado a cantar y la música seguía sonando. Se sintió totalmente acomplejada. Nunca se había sentido menos atractiva, ni siquiera cuando era una adolescente larguirucha con los dientes mal colocados.

Qué presuntuosa había sido al creer que William Bridges pelearía por ella. Él habría pensado que tenía una oportunidad, pero era evidente que le daba lo mismo una cosa que otra. Qué ridícula al creer que todavía le seguía importando. Movió la cabeza a uno y otro lado. Nunca le había importado como él a ella. Como aún le seguía importando, para ser dolorosamente sinceros.