P r u d e n c i a

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P r u d e n c i a
Diego Arbeláez
“El que es prudente actúa con inteligencia, pero el necio hace gala de su necedad” (Proverbios 13:16)
La prudencia es la virtud que hace prever, evitar los errores y los peligros. Es saber distinguir las cosas deseables de las que conviene evitar.
Hablar de prudencia es hablar de buen juicio, de cautela y de cordura. En la Biblia se la menciona como una virtud paralela a la sabiduría que Dios concede:
“Y dio Dios a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar” (1 Reyes 4:29).
Una buena palabra para definir la prudencia es: ¡Precaución! El precavido confía en Dios, pero cierra bien su casa, sabe que Dios le guarda, pero no de los descuidos. Ama a su prójimo pero no deja por eso de echar llave a su puerta y de encerrar su jardín con muros altos. Pone por obra la norma de los marineros: “Invoque a Dios, pero no navegue junto a los escollos”.
Satanás ha logrado persuadir a la gente de que el pecado es inofensivo. De manera que son numerosos los que caen en su trampa llegando a comprobar que no se puede pecar impunemente tal como dice Salomón:
“¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brazas sin que sus pies se quemen? Así es el que se llega a la mujer de su prójimo; no quedará impune ninguno que la tocare”
Un hombre que quiere jugar con fuego siempre encuentra a una mujer dispuesta a cocinar. Pero de esas travesuras siempre se cosechan tristezas.
Podríamos extender la aplicación del dicho de Salomón a otras áreas y decir: “Así es el que se llega al licor” o “Así es el que toma dinero ajeno” o “Así es el que se acerca a la droga” o “el que anda con malas amistades”: “¡No quedará impune!”
Otra frase de Salomón:
“El avisado ve el mal y se esconde; más los simples (los necios) pasan y reciben el daño” (Proverbios 22:3).
Ser precavido es evitar a toda costa los peligros huyendo de ellos si fuere necesario como lo hizo José, el joven a quien la mujer de su amo, quiso seducir. Si nos guía la prudencia, ninguna protección más necesitamos.
El mejor ejemplo de imprudencia es el que nos muestra los noticieros cuando presentan a los amantes de las carralejas en Córdoba, unos verdaderos locos. Esta gente, que corre delante de una manada de toros, son los más temerarios que yo he visto.
Me recuerdan la historia de cierto cartero que se metió con su bicicleta por un prado, a fin de acortar el camino. A mitad del tramo, un toro se fijó en él y se lanzó a perseguirlo. Finalmente, y después de pasar muchos apuros, el hombre consiguió ponerse a salvo.
“Casi te agarra, ¿eh?”, le dijo alguien que había observado lo ocurrido.
“Sí”, respondió el cartero, “como todos los días”.
A veces pienso que la gente no está dispuesta a renunciar a sus “corralejas”: sus peligros y preocupaciones, sus resentimientos y culpabilidades, porque éstas emociones, con sus “punzadas”, les da la sensación de estar vivos. Qué simpleza es exponerse innecesariamente a los peligros. Es una verdadera insensatez.
Cuenta la fábula que estando paciendo juntos un toro pesado y una gacela ligera, el toro le dijo a la gacela:

“No hay cualidad más alta que la prudencia. Por ella
se diferencian los más altos entendidos
de los mediocres”.
(Proverbios 6: 27-29).

¡¡¡B e n d i c i o n e s!!!

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