En el púlpito de la miseria: Padre Christopher Hartley Sartorius

Jonny Belizaire luce con orgullo sus rastas desde que era pequeñito. También lleva colgantes en el cuello y puede que hasta un pendiente en la oreja. Son sus señas. Siempre han sido parte de su identidad. De padres haitianos, le gusta recordar que en realidad él es hijo de los africanos que llegaron a América con grilletes. Su nariz achatada, sus labios carnosos, sus ojos grandes y redondos de un marrón impenetrable y la piel negra y tersa como el cuero se lo recuerdan a diario.

Desde su choza observa a los guardas, armados con fusiles similares a los de caza, como si los habitantes del batey fueran animales salvajes. Siempre le han merecido más respeto los que van montados a caballo, con el arma colgada a la espalda. Imponen más. Los que patrullan a pie nunca se dirigen a ellos. Piensan que a un haitiano nunca hay que dirigirle la palabra. Unos y otros, los hombres del Consorcio Vicini, cumplen a rajatabla sus instrucciones. Nadie puede salir del batey.

Jonny vive con sus padres en un cuartucho cubierto por un techo de hojalata, tan precario que cuando llueve parece que se cae el cielo encima y que cuando el sol aprieta se enciende y desprende calor como un horno. No tienen baño ni cocina. Comparten una letrina roñosa con el resto de habitantes del batey, un centenar. La empresa les dijo que para qué necesitaban más, que para eso estaba el cañaveral. El agua la recogen de la misma pileta que sirve de bebedero para el ganado. En Santa Lucía tienen suerte. El Consorcio Vicini lo considera un punto de paso para los bueyes y ha hecho llegar el agua hasta ahí. En realidad, el agua no era para ellos, sino para los animales, pero los bateyeros no pueden dejar de sentirse afortunados.

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Ellos tienen agua. En muchos otros bateyes, ni eso. Los pocos días que Alouse Laurant, la madre de Jonny, tiene algo para poder cocinar lo hace en un caldero negro fuera de la casa, a la intemperie. El resto del día, la mujer camina arrastrando los pies hasta el cañaveral, corta un manojo de caña de azúcar y le dice a sus hijos que la masquen bien, hasta que quede bien seca en la boca, y que beban su jugo hasta que el estómago se hinche. Hace tiempo que dejaron de pedir a la empresa que les cediera un trocito de tierra, para sembrar su yuca y su maíz, para no tener que gastar el mísero sueldo que ganan en comida a precios inventados. Ni eso les dan. Cuando alguien cultiva a escondidas un trocito de tierra, la empresa manda una máquina y en un minuto todo lo desbarata. La empresa sabe que si los bateyeros empiezan a cultivar sus cosas pronto no tendrán que comprar en el colmado e incluso podrían empezar a mercadear entre ellos y a ser autónomos. Y la empresa eso no lo quiere.