El sultán conquistador

Solimán el Magnífico: el gran sultán otomano

Altivo pero reservado, ambicioso y a la vez hábil diplomático, Solimán gobernó el Imperio otomano en su época de mayor esplendor, cuando cada primavera Europa temblaba ante sus ejércitos

El sultán más temido
Retrato de Solimán conservado en la Biblioteca Nacional de París. Su turbante se componía de varias capas de muselina sobre las que se prendían tres plumas de garza real.

La residencia de los sultanes
Situado entre el Cuerno de Oro y el mar de Mármara, el palacio de Topkapi se asoma al Bósforo. Fue residencia y centro adminsitrativo del Imperio otomano desde el siglo XV hasta el siglo XIX.

El serrallo del sultán
El harén del palacio de Topkapi era una zona privada a la que sólo tenía acceso el sultán. Lo componían estacias bellamente decoradas como este comedor construido en época del sultán Ahmed III, en el siglo XVIII.

Mezquitas imperiales
A la derecha, en primer término, la cúpula de la mezquita de Rustem Pasha, yerno y gran visir de Solimán, cuya mezquita se ve al fondo. Ambas fueron erigidas por Mimar Sinan.

Además de administrador y legislador, Solimán fue también hombre de cultura. Sentía gran interés por las matemáticas y la historia, en particular por las gestas de Alejandro Magno, que conocía a través de los relatos del persa Nizami. Además de turco, Solimán hablaba árabe y persa y entendía el italiano. Dedicaba mucho tiempo a leer, en particular novelas persas. Amaba la música y poseía discretos conocimientos de astronomía, y, como su antagonista Carlos V, era un apasionado de los relojes y del arte de medir el tiempo.

Solimán fue también un destacado mecenas. Tras la conquista otomana de 1453, Constantinopla no había dejado de ser un gran centro cultural, cosmopolita y abierto al mundo. A la ciudad llegaban toda suerte de hombres ingeniosos, oradores, soldados y expertos en política. Muchos artistas, también extranjeros, gozaron del favor del sultán. Durante su reinado se produjo un gran florecimiento en el campo del arte y se establecieron las bases de una literatura nacional. A las importantes y soberbias obras de Sinan, el más insigne arquitecto turco del momento, el sultán añadió la restauración de acueductos, vías de comunicación y otras obras públicas. En todo su imperio no hubo ninguna gran ciudad que no embelleciera de forma más o menos notable. Gracias a su impulso, el esplendor y el prestigio de su imperio sobrevivieron muchos años.