¿Cuál es la primera obra de Literatura Peruana que te gustó?

Recuerdo con cariño mi primer libro del curso de lenguaje, luego del Coquito. En él habían lecturas acompañadas de gráficos, leer dos palabras sin parar ya era un reto pero los dibujitos me animaban a seguir.

En aquella hoja de papel estaba la imagen de unos quesos, varios regalos, y la profesora empezó a narrarnos la llegada de Roberto con regalos para la familia. Sí, era un cuento, era El caballero Carmelo de Abraham Valdelomar. Y así empezó mi afición por la lectura.

¿Y para ti, cuál sería esa primera obra de literatura peruana?

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¡Al ricón! ¡Quita calzón! Las Tradiciones del genio Ricardo Palma.

Saludos Almendra.

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Excelente lectura.
Afortunadamente los métodos de enseñanza cambiaron, pensar que antes les daban azotes.

Gracias por comentar Gabriela.

Después de los cuentos infantiles que seguí leyendo con mis hijos cuando estaban niños fue la obra Paco Yunque de Cesar Vallejo

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"La Ciudad y los Perros " de MVLL.

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Compartir una lectura con nuestros seres queridos es un bello momento.
Gracias Leticia por comentar.

Muy buena novela Andres, gracias por comentar.

También me gustó El caballero Carmelo, pero creo que las Tradiciones de Ricardo Palma deben haber sido las primeras que leí.

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Jeff, entonces a ti también te gustó El caballero Carmelo, ¡qué bien!. Y claro que Ricardo Palma no debe faltar en nuestra biblioteca.
Gracias por comentar.

Un cuento que marco huella en mi vida, fue “El Vuelo de los Condores” de Abraham Valdelomar.

Aca una sinopsis:

La historia se desenvuelve en el puerto de Pisco, en la costa desértica peruana, a fines del siglo XIX. El autor narra una experiencia inolvidable que tuvo siendo niño: su encuentro con el mundo del circo (una de las pocas distracciones de los niños en ese entonces), y su amor platónico por una hermosa niña que actuaba de trapecista en dicho circo. Aunque hay que señalar que su relato no es estrictamente autobiográfico, sino que está recreado e idealizado, usando las licencias permitidas a los creadores literarios. El mismo escritor lo explica en la ya citada carta que dirige a su madre: “Naturalmente, hay mucho de fantasía, pero mucho de verdad, sobre todo en la descripción de ciertas cosas”.

Veamos el argumento. El niño Abraham, entonces de 9 años de edad, se entusiasmó sobremanera con la llegada del circo a su pueblo. A la salida de la escuela se fue al muelle a contemplar el desembarco de los artistas. Entre ellos vio a una niña rubia que le llamó mucho la atención. Tanta fue su impresión que el circo devino para él en una idea fija. Entre sueños, vio a todos los artistas desfilando delante de él, entre ellos a la niña rubia, que la miraba sonriente. De vuelta a la vida real, recibió una sorpresiva y grata noticia: su padre había comprado entradas para que toda la familia fuera al circo a gozar con el espectáculo. Leyendo el programa, Abraham se enteró que uno de los números más emocionantes y peligrosos, denominado “el Vuelo de los Cóndores” sería realizado por una niña trapecista, apodada Miss Orquídea, que no podía ser otra que la misma criatura bella que viera en el muelle. Muy emocionado Abraham asistió al espectáculo. Ante sus ojos desfilaron el barrista que daba el salto mortal, el caballo que respondía los problemas de aritmética con movimientos de cabeza, el oso bailarín, el mono que hacía formidables piruetas y los graciosos payasos. Sin embargo, el número central era “El Vuelo de los Cóndores” cuya magnificencia se plasmaba en el ritmo gimnástico del movimiento y el suspenso generado en los asistentes. Se trataba de que Miss Orquídea cambiase de trapecio desde una altura muy elevada. La osadía de la prueba fue tan impactante que de lejos fue el acto más aplaudido. El clamor del público hizo que el dueño del circo ordenara la repetición del acto, pese a su peligrosidad. Pero esta vez la niña se soltó antes de tiempo y cayó, salvándole de una muerte segura la red protectora, aunque resultó muy herida. Abraham quedó muy apesadumbrado por este terrible accidente. El circo continuó sus funciones aunque ya no dieron más la acrobacia. Luego, en una de sus paseos habituales cerca al muelle, Abraham vio a Miss Orquídea postrada en un sillón, en la terraza de una casa situada frente a la playa. La vio muy pálida y delgada. Ocho días seguidos fue a contemplarla desde cierta distancia. La niña solo le sonreía. Al noveno día, Abraham ya no la encontró y entonces recordó que el circo estaba a punto de partir. Corrió entonces hacia el muelle, y llegó justo antes de que los artistas empezaran a embarcarse. Entre ellos divisó a la tierna artista, que tosía repetidamente; avanzando entre la muchedumbre logró alcanzarla. La niña lo miró e hizo un esfuerzo para brindarle una última sonrisa, diciéndole “adiós”, que él correspondió de igual modo. Luego ya en el bote pequeño que la conducía al vapor, la niña sacó su pañuelo y de lejos lo flameó como último gesto de despedida. Abraham la contempló, moviendo la mano, hasta que la vio perderse definitivamente en el horizonte. El adiós de Miss Orquídea fue triste pero, no obstante, la dulzura de su espíritu quedó eternamente grabada en la memoria de Abraham.

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Gracias Andres, El Vuelo de los Condores es un cuento buenísimo. Sin querer recuerdo a la niña trapecista cada vez que veo un circo.

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