30 años después del terremoto en México

Y cuando despertó de su dolor, México cambiaría para siempre…

Oh, Dios!”, dijo el Ovaciones esa mañana. Era un jueves y había ediciones matutinas. En otras cabezas secundarias reseñaba: “Desesperación e impotencia en un horrible despertar”, “Pánico en el Metro” o “Surgió la rapiña; el Ejército vigila”. El Últimas Noticias de Excélsior cabeceó “Tragedia” a ocho columnas (como todos los impresos ese y los siguientes días). Arriba, un balazo que decía: “El mayor siniestro en la ciudad”, y en el sumario: “Miles de víctimas entre muertos y heridos”.

A la mañana siguiente, todos los periódicos del mundo llevaban la nota en portada y, por supuesto, los impresos mexicanos. El Universal: “Más de 3,000 muertos y 200 edificios dañados”; y en el sumario: “50,000 familias sin techo y por lo menos 3,000 personas hospitalizadas”. “Horror y muerte”, dijo La Prensa, y The New York Times: “The Mexico City area was struck by the first of two devastating earthquakes that claimed some 6,000 lives” o, en español, “La zona de la Ciudad de México fue golpeado por el primero de dos devastadores terremotos que cobró unas 6,000 vidas”.

Y los vivos verían en los días, meses y años, cómo México –la capital y el país– cambiaba para siempre.

Lo que para los habitantes de la capital sería un jueves normal se convirtió en una tragedia que marcaría un parteaguas en la historia del país. Hoy, tres décadas después, se recuerda como una catástrofe que enlutó a México, tomó por sorpresa al Estado y dejó al descubierto la corrupción e incompetencia.

Pero también mostró al mundo la solidaridad de un pueblo lastimado, herido en el corazón mismo de la Nación. Y allí, en ese corazón tan gelatinoso, nació una nueva sociedad civil organizada.

A las 7:19 horas del jueves 19 de septiembre de 1985, un interminable sismo con una intensidad de 8.1 grados – según el Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)– lo mismo arrasó con hospitales, edificios de complejos habitacionales, estudios de televisión, hoteles, teatros, escuelas… Una destrucción inédita, tras la cual la sociedad capitalina ya no sería la misma.

“Estamos preparados para atender esta situación y no necesitamos recurrir a ayuda externa. Agradecemos las buenas intenciones pero somos autosuficientes”, dijo el entonces Presidente Miguel de la Madrid Hurtado luego del trágico suceso.

Un día después, y luego de un nuevo sismo, tuvo que reconocer que la tragedia había rebasado los esfuerzos del Gobierno federal.

“La tragedia que nos azotó ayer ha sido una de las más graves que ha resentido México en su historia. Hay cientos de muertos y lesionados. Todavía no tenemos cifras precisas ni completas. Aún hay atrapados en muchas construcciones, que no hemos podido rescatar. Es más, todavía hace una hora, hora y media, tuvimos un nuevo temblor de menor intensidad y duración que el de ayer, pero que sigue provocando incertidumbre, miedo, inquietud”, dijo.

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Las primeras horas posteriores al sismo, cuando la población civil se volcó a las calles para ayudar a los afectados y buscar a sus familiares, De la Madrid Hurtado prohibió la participación del Ejército en las labores de rescate. Posteriormente tuvo que activar el Plan DNIII que contempla la participación del Ejército en casos de emergencia así como aceptar el auxilio y experiencia ofrecido por otros países en casos de desastres naturales. Ese jueves negro, la capital mexicana perdió la inocencia a raíz de los daños causados por el sismo y la ineficiencia del sistema tanto en los niveles local y federal para cumplir la demanda de todos aquellos que perdieron a un familiar o que se quedaron sin casa. El entonces Jefe del Departamento del Distrito Federal, el priista Ramón Aguirre Velázquez, también fue rebasado por la situación y prácticamente borrado del mapa.

Las cosas ya no serían igual. El sismo no sólo cambio la estética de la capital mexicana, también la mentalidad de sus ciudadanos, quienes a partir de entonces tomarían una mayor participación en la política y la vida social que se convertirían en actores importantes del llamada Frente Democrático Nacional (FDN), en 1988, del que nacería el Partido de la Revolución Democrática (PRD). La Ciudad de México se convirtió en la primera entidad federativa en ser gobernada por la izquierda. Aun así nunca dejó atrás esa herida abierta que no deja de mostrar al sistema las consecuencias de ignorar las demandas y necesidades ciudadanas,

LOS CIUDADANOS TOMAN LA CAPITAL

Días después del sismo se realizaron en las calles de la ciudad distintas manifestaciones en demanda de soluciones a los problemas de los miles de damnificados. Fotos: mmh.org, UNAM y Cuartoscuro

El 19 de septiembre de 1985 quedó marcado en la historia como el día en que los ciudadanos tomaron la capital del país. El movimiento telúrico tuvo sus efectos más devastadores en el centro del DF, en la Delegación Cuauhtémoc, y su impacto se hizo más evidente en las zonas de Tepito, Tlatelolco y las colonias Roma y Doctores.

Las cadenas humanas que durante días se formaron para rescatar vidas y quitar escombros se organizaron de fotma espontánea, y esa lucha no se limitó a recuperar lo perdido o a la búsqueda de los desaparecidos, sino a prestar ayuda y consuelo a todos.

Después del temblor todo cambió. La catástrofe arrasó inmuebles, cegó miles de vidas y precipitó el derrumbe del PRI [Partido Revolucionario Institucional] en la capital. La solidaridad de millones se convirtió en un despertar de conciencias que logró la reconstrucción de la ciudad desde sus cimientos.

De esta tragedia se tiene registrado el surgimiento de al menos cinco grandes movimientos: la Coordinadora Única de Damnificados (CUD), Su dirigente más importante fue Cuauhtémoc Abarca Chávez, médico de profesión, líder del Frente de Residentes de Tlatelolco, la Coordinadora de Luchas Urbanas (CLU), la Coordinadora Nacional del Movimiento Urbano Popular (CONAMU), la UV y D [Unión de Vecinos y Damnificados 19 de septiembre] y la Asamblea de Barrios (AB).

“El desmoronamiento de la sumisión y el esfuerzo comunitario fueron el acta de nacimiento de la sociedad civil”, consigna Jesús Ramírez Cuevas, en un reportaje publicado en el suplemento Masiosare del diario La Jornada, el 11 de septiembre de 2005.

“Durante tres o cuatro días hubo un vacío de poder. La gente se encargó de la organización de la ciudad”, destacó Alejandro Varas, de la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de Septiembre en entrevista con el periodista.

**“Fueron días especiales. La ciudad era otra. Por donde quiera había personas llevando y trayendo ayuda. Al principio, los medios de comunicación ayudaron mucho a poner en contacto a las familias, informando de los daños; después pusieron en marcha la campaña oficial de que aquí no pasa nada. El gobierno quiso minimizar el problema y decía ‘quédense en casa, no salgan’, pero la gente no hizo caso”, recordó en el mismo escrito Leslíe Serna, fundadora de la Unión Popular Nueva Tenochtitlán Sur.**

En su libro No sin Nosotros: los días del terremoto 1985-2005, de Carlos Monsiváis, el fallecido escritor reflexionó sobre el fenómeno social que dio paso a un verdadero concepto de “sociedad civil” mexicana.

“Sin debates previos, sin precisiones conceptuales, en cuatro o cinco días se impone el término sociedad civil, lo que, por el tiempo que dure, le garantiza a sus usuarios un espacio de independencia política y mental”, escribió Monsiváis.

“El miedo, el terror por lo acontecido a los seres queridos y las propiedades, la pérdida de familias y amigos, los rumores, la desinformación y los sentimientos de impotencia, todo –al parecer de manera súbita– da paso a la mentalidad que hace creíble (compartible) una idea hasta ese momento distante o desconocida: la sociedad civil, que encabeza, convoca y distribuye la solidaridad,” escribió Monsiváis.

Uno de los primeros visos de una sociedad civil más organizada se pudo apreciar el 27 de septiembre, cuando más de 30 mil personas –como consigna la prensa de esos días– marcharon en silencio por la ciudad en demanda de créditos baratos, un programa de reconstrucción popular y la reinstalación de los servicios de agua y luz.

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Los “bebés del milagro” del terremoto de Ciudad de México

Los “bebés del milagro” no sólo representan la esperanza sino que también son la prueba que, a pesar de las cicatrices de la tragedia, los mexicanos sabemos sobreponernos a la destrucción.

El mundo les conoce como los “bebés (o niños) del milagro” de Ciudad de México. Son más de una decena de pequeños que fueron rescatados de entre las ruinas tras el violento terremoto de 8,1 en la escala de Richter que sacudió la capital de México en 1985. El país, que registró más de 10.000 muertos en la tragedia, vio en los pequeños un rayo de esperanza. Algunos pasaron varios días bajo los escombros antes de ser salvados. Claudia, Araceli y Milagros son algunas de aquellos pequeños que representan la determinación de aferrarse a la vida y son un símbolo de la resistencia a la adversidad

Claudia: “Déjenme jugar”

Claudia Isabel Ríos vive en el barrio obrero de Azcapotzalco de la capital, una zona donde el paro y la delincuencia son la principal preocupación para la mayoría de sus habitantes. Nació en el Hospital Juárez el 17 de septiembre de 1985, y llegó al Hospital Infantil con un tobillo roto, un corte sobre el ojo izquierdo y diversas quemaduras. Su madre murió en el terremoto, por que Claudia se tuvo que ir a vivir con sus tías. “Echo de menos tener a una madre, pero ni siquiera la conocí”, explica. Sus tías, a las cuales llama “mamá” y su tío “vinieron a llenar un gran vacío para mí”.

Claudia acabó la secundaria y ahora trabaja en una fábrica que produce electrodomésticos. Pero su vida gira en torno al fútbol. Comenzó a jugar en la calle a los cinco años, con un equipo de chicos del barrio. Desde los 17 juega en el equipo femenino de las Pumas. “Para mí el fútbol es todo. Los domingos son sagrados”. Sin embargo ahora, con 24 años, ya no aspira a formar parte de la selección mexicana y reconoce que es demasiado mayor para entrar en un equipo importante.

Claudia sostiene que las chicas tienen menos oportunidades que los varones en México. Afirma que en teoría le gustaría volver a estudiar pero por ahora no ve un buen motivo. “¿Para qué seguir estudiando? Hay doctores y profesionales que conducen taxis en México”.

Araceli: Devolver la ayuda

“Siempre estuvo baja de peso,” explica Norma Lucía Viñas, la doctora que atendió a los pequeños tras el terremoto, cuando habla de Araceli Santamaría Romo. La joven Araceli es quizás la más exitosa de todos los “niños milagro”. Es menuda y normalmente lleva tejanos ajustados y las uñas pintadas con colores brillantes. Todos la conocen en el Hospital Infantil: lleva dos años como técnico de laboratorio. Saluda cada día a quienes la salvaron y cuidaron.

Araceli nació el día antes del terremoto y los equipos de rescate la llevaron al Hospital Infantil sólo horas después del desastre. Tenía 37 huesos rotos, incluyendo la pelvis. Su madre, María de Jesús Romo, estaba en otra parte del hospital y fue rescatada dos días después. La joven afirma que la fama de los “bebés del milagro” no tiene nada que ver con ellos y que se trata más bien de lo que simbolizan. “Fue una segunda oportunidad, de tener una segunda vida”.

Araceli estudió biología y química como parte de su preparación de farmacéutica. Le encanta ir a trabajar al Hospital Infantil. “Para mí es como devolver la ayuda. Fui paciente aquí y ahora me toca ayudar”.

Milagros: El nombre lo dice todo

Hortensia Hernández estaba dándole el pecho a su bebé cuando se produjo el terremoto. Había nacido hacía sólo una hora. Estaban en la sección de maternidad del Hospital General y los equipos de rescate las encontraron cuatro días después. A la niña la bautizó Milagros Guadalupe, por el milagro de estar viva y por la Virgen, patrona de México. A Milagros no le gusta el nombre, porque le parece presuntuoso y pide que la llamen “Lupita”.

“Estaba todo oscuro. Oía voces. La gente gritaba, pedían auxilio”, cuenta Milagros que le explicó su madre. “Al día siguiente ya habían desaparecido muchas de esas voces”. Su madre estaba atrapada entre los escombros y ni siquiera se podía mover para alimentar a su bebé. Compartió la saliva con la pequeña y “rezaba y rezaba” a la Virgen de Guadalupe.

Milagros sufrió principalmente cortes y magulladuras, pero también le falta el tercer nudillo de la mano izquierda, cuyo hueso quedó destruido y nunca se desarrolló. Dice que eso le recuerda cada día la tragedia.

Es la menor de siete hermanos y trabaja como administrativa de un aparejador. Gana 200 pesos (unos 12 euros) al día, está casada y tiene una niña de cinco años. Se refiere a los doctores, enfermeras y personal del Hospital Infantil como “mi otra familia”.

“Todo esto me ha hecho pensar que vivimos por alguna razón. La gente me dice que me tomo la vida muy en serio. Siento que tenemos que aprovechar cada minuto”, dice.

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Un sobreviviente y su salvador lloran juntos 30 años después del terremoto de 1985

Cuando Abel Torres Chávez y Marcos Efrén Zariñana “La Pulga” se conocieron en un agujero de una escuela derrumbada por el terremoto de 1985 en Ciudad de México, ambos se pusieron a llorar. Treinta años después, el sobreviviente y su salvador volvieron a hacerlo al recordar juntos aquel episodio.

El 22 de septiembre Torres, entonces estudiante, llevaba más de 72 horas bajo los escombros, pidiendo que por el agujero que comunicaba el exterior con lo poco que había quedado de la escuela Conalep de la calle Humbolt le introdujeran un refresco y una torta.

“Yo les decía: saliendo de la escuela, en frente, hay un lugar una lonchería, ahí venden tortas y ya me conocen. Que me manden una torta y cuando yo salga se la pago”, cuenta este hombre de 50 años.

Por el agujero, solo le llegó un aparato de radio, una manguera de oxígeno, naranjas y suero para no deshidratarse, relataba Torres a Efe en una reciente entrevista, minutos antes de reencontrarse con Zariñana, uno de los rescatadores que con más ahínco intervino en la tragedia de 1985.

La noche del sábado 22, y tras muchas horas escarbando entre los escombros de aquella escuela, que no soportó el ímpetu de los 8.1 grados en la escala de Richter, Zariñana llegó hasta Torres.

“Entró él y empecé a oír su voz. ‘Abelito, ya estoy aquí’, me decía, ‘ya estamos juntos y ya te voy a sacar’. Y lloramos juntos”, rememora Torres frente a su salvador durante el reencuentro, que fue propiciado por Efe.

“La Pulga”, exhausto, tuvo que ser relevado tras hacer ese túnel y finalmente otro equipo de rescate fue quien tiró de los pies de Abel para sacarlo. En total, estuvo sepultado 3 días y 5 horas. Fue el último rescatado con vida de esa escuela ubicada en el centro de la capital mexicana en la que murieron centenares de alumnos.

Durante todas esas horas Abel no fue consciente de lo que había pasado, pese a que el derrumbe lo dejó en el sótano, cuando su aula estaba en el tercer piso. “Pensábamos que solo se había caído el plafón”.

Escuchó cómo murieron algunos de sus compañeros, cómo fueron rescatados otros y cómo él se quedó solo, con el cuerpo encajado y un brazo atrapado sobre el cadáver de un fallecido.

“Cuando todo cayó por el temblor, esa persona agarró mi mano, la apretó, la soltó e imagino que en aquel momento dejó de vivir”, explica.

Torres fue el rescatado 27 de “La Pulga”, que no lo había vuelto a ver desde que le salvó la vida.

Su casa del municipio de Cuautla, en Morelos, (que le regaló el ex Presidente Miguel de la Madrid por sus servicios al país) es el lugar del reencuentro, un salón con las paredes llenas de diplomas y reconocimientos por haber participado como rescatista en decenas de sucesos trágicos.

Temblores en Oaxaca y Puebla, tornados en Oklahoma, terremotos en Turquía, en San Francisco, en Los Ángeles, un huracán en Nicaragua o el desgaje de una colina en El Salvador.

Cuando Zariñana se enteraba de que algo había sucedido, aparcaba su oficio de comerciante, agarraba sus herramientas de rescate y salía al aeropuerto, sin billete ni billetes (dinero), pese a lo cual le hacían un hueco en algún avión, narra.

En sus casi cuatro décadas de rescatista, asegura, salvó a centenares de personas y vio los más horripilantes sucesos. Preguntado por cuál ha sido el lugar más duro, sin titubear lo confirma: México.

“La ciudad más poblada del mundo. Eran quince días y ya casi un mes y no paraban de sacar escombros de los edificios”, recuerda.

Aquella mañana del terremoto, el jueves del 19 de septiembre, Zariñana estaba llegando en autobús a la capital, venía a recoger su número y su camiseta para el maratón que iba a celebrarse una semana después.

Sus escasos cincuenta kilos y su poco más de metro y medio de estatura le daban el tipo perfecto para correr y resistir, pero también para meterse en cualquier agujero.

“Al llegar yo sabía lo que tenía que hacer y no esperé dos veces, pero nunca imaginé hasta dónde iba a llegar”, cuenta “La Pulga”, que había estudiado Teología y, como parte de la carrera, había tomado cursos de rescate, salvamento y primeros auxilios.

Aquel día ayudó en el Hotel Finisterre, en un estacionamiento de Venustiano Carranza, en edificios del centro histórico, en el Conalep.

Durante días incluso buscó en un edificio derrumbado al famoso “niño Monchito”, que acabó siendo un ser ficticio, “una caja fuerte”, explica.

En opinión del experimentado rescatista, México sigue sin estar preparado “realmente” para otro siniestro así. Falta concienciación, protocolos y herramientas básicas, denuncia.

A sus 73 años tiene planeado colgar pronto sus herramientas en la pared, como otro más de sus recuerdos, pero asegura tener la misma fuerza de siempre gracias a “un versículo de la Santa Biblia” que reza “todo lo puedo en Cristo, que me fortalece”.

“Si pasa algo más no dudo que sacaré fuerzas para volver a ayudar a quien me necesite”, dice este hombre fuerte, dejando su bastón de lado y olvidando que sus rodillas ya no son las de antaño.

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Hay un documental en youtube que ví hace tiempo, lo más impresionante es cómo sacaban de los escombros a personas vivas después de días

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Lilj,ese video donde sacan a los bebés de entre los escombros,es muy conmovedor de vdd. :cry:

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La verdad que sí, es conmovedor y pensar que puede volver ocurrir una cosa así :disappointed:

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Muy fuerte! Y los bebes milagros me dejo muy impresionada, de verdad q’ si fue un milagro q’ sobrevivieran 6 dias sin comer y recien naciditos :cry: :cry:

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wow si estuvo feo eso, salu2

Ya 30 años que rapido pasa el tiempo…yo tenia 8 añitos y vivi esa experiencia en ecatepec estado de mexico fue una experiencia tan fuerte que no mas de acordame me estremejo…y uno de los niños milagros bueno bebe era hijo de nuestros vecino su mama murio dandole pecho…:bouquet:

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Oh wow mimi! Les toco de cerca

Si tutti yo apenas me esta levantando para ir ala escuela cuando senti como se movia toda mi casa. Parecia un columpio mi madresita gritaba corranle pa fuera se va caer la casa…

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Increible, q’ miedo!

Que triste…Ojala nunca volvamos a ver una tragedia de esa magnitud.